lunes, 14 de diciembre de 2009

Felina

Acostada en el sillón conduce su mano derecha por el suelo. La casa está solitaria, ella está aburrida entre las paredes y el techo por donde se desenvuelve. Su corazón palpita moviendo la carne gélida. Prende el televisor. Cuerpos sonrientes acariciándole el cerebro. La música es mala. Baja el volumen. Piensa que está mal, que no debería, así que se levanta a prepararse un huevo frito. La cacerola está caliente. Bate los huevos mientras el aceite brinca hacía su ropa, una playera vieja que tiene el cuello roto, su pantalón de tela delgado, rectifica y reafirma lo que la ropa de los domingos oculta ante el público. La televisión sigue observándola, entre cada anunció se asoman mujeres que venden cremas reafirmantes, u hombres sin playera prometiendo un cuerpo firme en quince días. Los huevos están listos, se sienta en el sillón a comer.
Se siente insatisfecha. Va a la cocina por un plato de cereal azucarado. Vuelve al sillón a comer. La televisión es aburrida por las mañanas, la escuela sería igual, piensa, pero es mejor estar acostada allí. Ve caricaturas, se siente culpable, ya no es una niñita cualquiera, aunque ríe sin parar. Ahí están las mujeres dibujadas, delgadas, con piernas altas y labios voluptuosos haciendo que los hombres se comporten como animales adormilados. Se cansa. Al apagar el televisor solamente queda el espejo opaco en el que se ve reflejada. Su vientre está un poco abultado, en el frente no hay pecados que lucir. Hay un poco más de maldad en la parte posterior. Otra vez la culpa, ya no es una niñita y eso es un trabajo pesado. Sube a su cuarto, abre el tercer cajón de la cómoda y comienza a orar leyendo la antigua “biblia” que le regaló de cumpleaños su abuela. Hay algo confuso sobre una tal Lilith. Escucha voces en su habitación que la hacen cerrar el libro con violencia. Otra vez la culpa. Desea comer otro plato de cereal azucarado, esta vez con un poco de leche. Se acuesta sobre el sillón y come con el plato sobre su pecho. Por la ventana abierta entra aire con polvo que la hace estornudar, la leche fría se derrama sobre ella al intentar levantarse impulsivamente, se vate lo que queda sobre sus piernas. Observa el desastre. Comienza a llorar. Siente como es inútil e incapaz de hacer las cosas bien. Entonces, por la misma ventana por donde entró el polvo, se asoma su gata, parda, ágil; con sus patitas comienza a ver por dónde es mejor pasar. Ellas se saludan con caricias y maullidos. Entonces la gata comienza a lamer su mano. Siente su lengua tibia raspando con delicadeza y deja que se regodee un rato. Ambas cierran sus ojos. La gata no cesa, se trepa en su cuerpo a lamer leche mezclada con cereal azucarado. Lame por todas partes. Recostada comienza a sentir que las voces se hacen cada vez más fuerte, aunque ahora la culpa comienza a tomar formas de carne vestida como en la televisión, hay misterios en lugares que ella jamás ha visitado y escenas en la escuela, en su casa y la iglesia. El viaje se vuelve más turbio mientras la gata mueve la ropa lengüeteando. Su pequeño peso sobre de ella es agradable. Piensa en su madre, en su abuela, al mismo tiempo que ella recuerda platicas. “Los hombres te prometen amor, dicen que te quieren, pero ellos te van a querer para... cosas inapropiadas.” Nunca dijeron nada de estar sola, o de un gato, o de las mujeres. Le gusta pensar que acaricia un abrigo elegante que le pertenezca a una de esas artistas de televisión, alegres y despreocupadas, limpias, prosperas, las abraza mientras piensa en sus labios, en sus cabellos y cuerpos bien cuidados. Acaricia a su gata ronroneante. Se concentran las voces mezclando la mayoría de cosas, mientras la gata lame el último rincón donde quedaba leche. Impulsa con caricias a su gata para ir un poco más, siempre un poco más al fondo. La gata juega mientras come. Comienza un bamboleo transversal, se hace intenso, a la vez calmado, suave. Los ronroneos se pierden entre suspiros. Hay más, más allá, adelante donde el cuerpo de la felina y el de la mujer continúan, se entrelazan, cierran los ojos y las dos tienen noche, noche de fuga, sigue adelante sin detenerse, el sol calienta la calle perdiéndose entre silbidos, la lengua, el sudor mezclado con saliva y leche, se siente bien, están apunto de pasar al otro lado, allí, más allí en el sin retorno antes de que explote en arrepentimientos, que siga, que nunca se detenga, siempre, ahora que se mueva a otro contacto; ese es bueno, ese es, allí está lo que ambas desconocen, arrastra un poco arriba a la gata, al acariciarla se abre, se queda allí acostada, inerte no encuentra saciedad. Se rompe algo. Alguien está en la puerta. Puede verse en el vidrio cortado de la entrada una silueta. Cuatro golpes llaman, ella se levanta, la gata se queda en el sillón observando como ella cae al intentar levantarse sin fuerza en los muslos, sonriente. Los ojos felinos ven su intento de adivinar quién está llamando. Inclinada con las manos y las piernas tocando el suelo. Ella ve la sombra masculina moviéndose; quizás sea un vendedor, quizás un compañero de la escuela que viene a visitarla, o el cura de la diócesis que viene a preguntar por su madre, probablemente sea un ladrón, un violador. Le da miedo que la vean así, con su ropa transparentada por la leche, le da miedo ser vulnerable, débil, así que se arrastra hasta el sillón, toma a su gata, sube a la habitación en donde está la “biblia” cerrada, la cama, su espejo, la ropa de los domingos y un enorme crucifijo en la pared. Pone a la gata sobre la cama y, con cuidado, sigilosamente, va por más leche.

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