martes, 23 de marzo de 2010

Pureza



(despedida a cierto escritor y cierto estilo que ya no recuerdo)


La puerta está medio abierta. El humo del cigarrillo y el hedor a viejo impregnan el ambiente. La sobria figura está acostada en el sillón esperando que algo impredecible suceda. Es demasiado pronto. Ella primero recorre la habitación intentando adivinar las piezas del rompecabezas, a final de cuentas son parte de la misma histeria. Sus tacones azotan contra la duela como si tocaran la puerta en el infierno, sólo que nadie está ahí para abrirles. Alrededor de la diminuta habitación los libros vuelven a encenderse cuando ella pasa sus manos por páginas amarillentas. La sombra en el sillón por fin articula la lengua:
–¿Cómo me encontraste?
Ella responde, intentando lucir imperturbable. Está buscando los álbumes de fotos a la par disimula estar buscando un lugar donde dejar su chal negro:
– Hablé con la editorial y alguien aún tenía tu dirección, dijeron que muy probablemente seguirías aquí después de haber salido del psiquiátrico.
El anciano se mueve un poco tras una intempestiva marejada de tos; parece un berrido de perro medio muerto en la calle. Ella sabe que esa tos es indicio de cáncer en los pulmones. Procuran no llamar la atención. Ella es la primera en doblegarse.
– ¿Qué te pasó? En mis tiempos eras de los mejores.
– No lo sé, de pronto se fue. Las páginas en blanco comenzaron a amontonarse y la gente quería más y más de mí. Creo que se me olvido reír.
Ella no puede creer que el anciano siga en pie después de tantos años. Le son familiares sus historias: siempre mujeres destrozándolo en noches extrañas que nunca parecían terminar. Tendría diecisiete cuando tomó el primer libro: Los fantasmas de la flor seca, y aunque había leído cosas mejores hubo partes que la atraparon desde siempre.
Al tenerlo de frente otra vez vio que todo terminaría muy pronto para él y anhelaba volver a encontrarlo en mejor estado para la siguiente pelea. En los viejos tiempos nadie podía derribarlo completamente, como en aquélla ocasión que ella fue a ver la presentación del libro. Él iba con su chamarra rota y los pantalones llenos de tierra, se sentó frente a la concurrencia y mandó a alguien a comprar cajas de vino mientras él tomaba el micrófono e iba entre el público invitándolos a otro lugar a donde amigos suyos organizarían una tocada; “A la gente le gusta comprar libros, más no escribirlos”, en sus propias palabras. Ella estuvo cerca de él en aquel lugar y hasta le había platicado sus problemas mientras bebían sentados bajo una luz roja. Por supuesto ella intuye que el viejo no recuerda nada y cree que ella tampoco debería recordar.
En el sillón estaba un cadáver respirando.
–Ya me encontraste, ¿Ahora qué?
–Llevo semanas buscándote y decidiendo si entrar aquí o no, y es todo lo que puedes decir.
–No le pidas más a un viejo. Estuve con el loquero y antes creo que también me encerraron con un loquero diciéndome que ya había perdido el juicio. Cuando tocaste creí que era la muerte siguiéndome los pasos.
–Algo parecido.
El anciano ya está preparado y contesta:
–Bueno, en la alacena hay una navaja automática y en el refrigerador guardo el revolver.
–No me refería a eso.
–¿Entonces?
–Hay que refrescarte la memoria. ¿Recuerdas a Carlota?
La misma sensación de vacío le recorre la tripa. ¿Cuánto tiempo había pasado en realidad? Le volvieron las energías al cerebro. Se levantó acercándose a la silueta femenina que estaba de pie junto a la pila de libros cerca del baño; ella no supo qué decirle cuando el anciano la tomó por los hombros analizando sus facciones, buscando en sus ojos algo que él había dado por perdido.
– No me chiniges.
– Sí. Ya tiene mucho tiempo que mamá me lo dijo, pero no me animé a buscarte.
El viejo se puso alegre. Fue hasta el refrigerador, apartó el revolver y sacó la botella de Vodka y lavó dos vasos.
– No bebo, gracias.
–Vamos, algo hay que hacer.
A ella le sorprendía la facilidad con la que el anciano dejó de comprender el dilema por el que ella estaba pasando. Cuado regresó con la bebida ella manoteó en el aire y tiró su baso.
–¿Se te hace sencillo? Piensas que te voy a perdonar después de tantos años. Eres un cerdo idiota. ¿Por qué no me buscaste antes de que pasaran tantas cosas?
Dionisio se sentó en el sillón bebiendo un trago y encendiendo otro cigarrillo. Tosió un poco y después comenzó su ridículo espectáculo.
– Al principio lo intenté, pero tu madre me quería lejos de ti. Supongo que te contó lo que pasó antes de que nacieras. Bueno, después de cuatro años comencé a rendirme. Tienes razón, pude haberme esforzado más. Pero me aterraba la idea de haber engendrado algo más que desesperación. Tu madre y yo teníamos diecisiete cuando ella quedó embarazada. Créeme que lo intenté, pero no podía...
Ella interrumpe.
– Ya conozco la historia. Tienes un cuento en el que dices tu versión y mamá me lo ha contado un par de veces. Sí, claro, los adolescentes que se conocen pierden el control y tiempo después ¡zaz! Tiene que trabajar, pero el pobrecito se siente asfixiado y se larga. Las mentiras de mamá hacen tanto daño como las tuyas.
–No pasó enteramente así. ¡Oh! Qué diablos – Él se levanta y se pone frente a ella poniéndole la mejilla a buena distancia – Golpéame. ¿No quieres golpearme? Entonces – Va hasta el refrigerador a buscar el arma y la pone en sus manos – ¡Dispara! Te lo debo. No te preocupes, aquí suenan disparos todos los días. Los vecinos no van a extrañarme.
La culata está fría. Lo observa. Siente un poco de compasión así que solamente le dispara en el hombro. La sangre fluye y el anciano cae en silencio al suelo. Ella recoge su chal y el abrigo del anciano y se lo avienta a la cara.
– Vamos a que conozcas a mi esposo. Trabajamos en un hospital y él está de guardia, nadie va a hacer preguntas.
Desde el suelo el anciano la mira con curiosidad. Siente el hombro caliente y algo de pánico después de ver el charco rojo. Va a ser difícil quitar la mancha de la alfombra y el casero va a molestarse. Se las ingenia para levantarse y la sigue por el vestíbulo. Ella va dejando el olor de su perfume que a él le parece morbosamente familiar. Su espalda es escultural y sus tacones siguen golpeando contra el suelo como martillos. Mira su cuello y podría ser igual al de su madre pero a la mente le vienen disociaciones espacio temporales... No recuerda, nunca quiere recordar ni hilar nada que lo haga regresar al hospital o a esa tarde que presentó un libro y de esa noche prefiere el polvo sobre las heridas. Es mejor recordar el psiquiátrico.
–Estás loca
– Debe ser algo en la sangre.
El anciano sonríe ocultando la herida con su abrigo y mirando los tacones, pensando “!Paternidad! !Qué demonios! Nadie nació sabiendo quién era Freud ”

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