
Habían trabajado en el carnaval hasta que el circo de la ciudad trajo bestias que dejaron de divertir a la gente y los dejó hambrientos de diversión sin salir de casa, pero el maestro de ceremonias y la edecán se casaron para divertirse ellos en cama. Su bigote extravagante se fruncía con vitalidad cuando ella sonreía en el espectáculo sudoroso del goce. Al terminar él posaba para ella y ella hacía una caravana de edecán que anunciaba el éxito del mago. Su carpa-cama fue suficiente para dejar un hijo que no fue enano ni mujer barbona, pero daba maromentas y los dejaba practicar su kamasutra de circo que disfrutaban hasta que la ciudad se enfermó tan pronto como el señor bigotes decayó, igual que aquella vez que el hombre bala salió descuartizado del cañón porque el circo no dejaba dinero y la usura se cobró con veneno. No se podía hacer nada por levantar el jolgorio. Se marchita, no puede más y la mujer, que alegremente hacía sus presentaciones, finge hacer su caravana al final luego que él se esforzara hasta preguntar “¿ya terminaste?” y ella lloraba por el enfermo y el lloraba porque se iba a quedar sola. En el funeral de la cama se enterró a los fenómenos de circo. Su hijo se fue a la minas pensando en esto y todas las mañas se pone las botas, sacude el casco y camina en dirección contraria a la del cementerio dando tumbos de cansancio. Cuando regresa las luces del escenario se apagan y dejan frío medio litro de agua imitación sopa que está hirviendo en la estufa. Aunque se esfuerce por imaginar que lo hace ante un público enterrado por el carbón, ahogado en petróleo, quemado por electricidad y calcinado por los resultados de la experimentación durante el holocausto nuclear y con las neuronas arrebatadas por pedazos digitalizados de diversión fingida. Aunque ella lo intente, aunque se desespere, de todas formas mamá no sabe hacer reverencias a la miseria.

0 comentarios:
Publicar un comentario