
Sobre la carne no había otra salida. Por la noche los monstruos salen, se alimentan. Estaba allí con mi maestro, ese viejo regordete que era dentista y daba clases de introducción en el tronco interdivisional de ciencias sociales y humanidades. Yo iba a estudiar esto de la ciencia y de alguna manera este hombre me había preguntando rarezas y peculiaridades sobre lo que pensaba acerca de la gente y la forma en la que vivíamos. Lo que pensara no estaba más allá de un básico y generacional hastío. Yo sabía que él se drogaba con alguna extraña sustancia. Siempre apacible con un sexto sentido que hacía coincidir su ser con mi desorden, pero, ¿qué droga? Era la pregunta adecuada que respondió musitando y diciéndome que si me lo confesaba tendría que olvidarme de los prejuicios y comulgar con los demás, tenía que renunciar a todo lo antes conocido. Antes de afirmar ya iba en su carroza fúnebre que el profesor tenía por automóvil y que los demás veían como una excentricidad más del personaje, un loco profesor de cincuenta años. Ya era de noche y seguíamos por la ciudad. Tenía algo de frío y miedo. Quizás sea peligroso e iba a matarme a las afueras de la ciudad. Los sentimientos estaban aislados como si fueran radiación dentro de mi pecho y no debía exponer a nadie por lo que nadie me extrañaría. Llegamos hasta una puerta donde dio dos golpes y un manotazo. Se abrió puerta y descendimos por unas escaleras que terminaban en un diminuto andén. El profesor accionó un botón y todo se iluminó. Era una especie de tren pequeño de una línea subterránea. Pronto apareció el tren, gastado y oxidado. Abordamos y el maestro me iba explicando que la única manera que tenía para sustentar su excéntrico gusto fue crear un consorcio-escuela de cirujanos plásticos instantáneos e ilegales. “La gente en estos tiempos quiere cambiar, quiere perfeccionar su aspecto y ya no se dan abasto los cirujanos existentes y tampoco hay tantas licencias como para surtir la demanda”. El argumento parecía válido, las razones de la gente para mutar no me lo parecían tanto. Llegamos a la otra estación y una fila de chinos esperaba entrar en una de las habitaciones. Al descender del tren apareció una mujer con lentes oscuros que se acercó al profesor para decirle: “Hoy es la última lección práctica y vamos a necesitar cuarenta y tres cuerpos”. El maestro afirmó señalando un cuarto que parecía ser un refrigerador gigante. “Ni modo, mañana tendré que cremar a otro. La etiqueta en el dedo gordo dice Cortazar, sería el cadáver cuarenta y tres”.Posteriormente el maestro me indicó que subiéramos hasta su oficina. El suelo del segundo piso estaba hecho de acrílico. Podíamos ver los refrigeradores y el salón donde estaban los chinos poniéndose las batas y revisando los bisturís. Estar parado en ese lugar daba la sensación de flotar por encima de todo y vértigo por el exceso de superioridad. Ya que estuve sentado el maestro sacó una urna funeraria donde estaban guardadas las cenizas de alguien apellidado Sabines. “Este me había costado mucho trabajo y dinero conseguir, pero pude”. Inmediatamente el maestro comenzó a verter la ceniza sobre una tina mediana que tenía sobre la mesa. En el salón ya estaban los chinos en posición con sus tapabocas y su cirujana-maestra comenzó a dar las instrucciones para que hicieran las correcciones necesarias con las incisiones precisas a sus cadáveres. La maestra daba la indicación y repetía la frase: “Nunca es suficiente y la gente tiene derecho a modificarse” Lo sorprendente es que esta mujer daba la lección de cómo hacer las incisiones cortándose ella misma el rostro con el bisturí y repitiendo la frase. En el punto ya estaba alterando y miré al profesor agregando sustancias para mezclar la ceniza. “Este es un nuevo tipo de experiencia. ¿Recuerdas esa creencia que tiene algunos caníbales de que al comerse el corazón de su enemigo obtiene su fuerza?” Ya la cosa se me hacía un mal sueño. Iba a salir corriendo por la puerta pero creo que no saldría vivo así que seguí el juego. Lo escuché. “Hace muchos años durante mi viaje al Brasil descubrí la receta para desprender los recuerdos de alguien que ha fallecido. De sus cenizas y de todo lo que fue y recuerda esa persona. Según la proporción de las cenizas se desprenden estas resonancias. Es la alucinación y la verdad entera de una persona.” Miré a la mujer que se arrancaba pedazos del rostro para enseñarles como disminuir los cachetes del paciente con tres cortes. Había sangre y brillos del bisturí por todas partes. Al regresar la vista el profesor me ofreció una diminuta copa con dos gotas de poción. Bebí porque supuse que negarme sería señal de desconfianza y por lo tanto el secreto que se me estaba transmitiendo no estaría a salvo conmigo y entonces me convertiría en material didáctico de un cirujano clandestino. Al beber las gotas entró en mis ojos la visión de una mujer, hermosa, de otro tiempo e inmediata melancolía sobre fotografías amarillentas. La alucinación se desprendió rápidamente de mis ojos pero me hizo sentir diez años más viejo. Al regresar el maestro me dijo que por una noche estaba bien, ya que una sobredosis no mata pero si puede dejar al cerebro inutilizado la cantidad de tiempo y de recuerdos que hubiesen sido desprendidos de las cenizas. “Los ingredientes son baratos, lo que en realidad me cuesta mucho dinero es conseguir ciertos cadáveres de ciertos personajes. No quiero revivir en mi mente a pusilánimes y mediocres”. Lo escuchaba pero tuve que ver a la mujer que temblaba con el bisturí en la mano. Pude ver sus costillas, pude ver el hueso blando que le quedaba por cabeza y sus manos descarnadas y temblorosas que seguían cortando lo más que de carne quedara. Sus alumnos ya habían terminado y solamente estaban allí mirándola con caras inexpresivas. Los dedos que sostenían el bisturí ya no tenían fuerza para arrancar más carne pero se veía la cuchilla entrar y resbalar por el hueso y la cosa descarnada por fin se derrumbo de la silla diciendo con temblores y por reflejo: “Nunca es suficiente…” El maestro me llevó otra vez a la salida. Al sentir el aire en la cara por fin la humanidad regresó a los pulmones y vomité. El maestro me miraba mientras yo vaciaba un jugo amargo de bilis sobre el suelo. “¿Vas a regresar mañana?”
“Por supuesto”, contesté. No vomité por lo que había visto. Más bien porque a la hora de la comida solamente tenía en casa una lata de atún echada a perder, y me la comí, no porque no tuviera dinero para salir a comprar otra cosa, sino porque me atrajo su olor a putrefacción, la muerte de la muerte.

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