miércoles, 15 de agosto de 2012

Revienta… revienta en colores por favor


Ya no escucho las voces o siquiera creo en una figura primordial o atómica que las resuma. Cuando hablan parece más bien que un policía grita por su altavoz: ¡Ponga los testículos en su cabeza  y deje el alma!”
                Hace calor, hace miles de sensaciones  y entre ellas la ira al sentir al idiota junto durmiendo pacíficamente mientras sus brazos están en mis costillas a bordo de una multitudinaria mentada de madre a la que llamamos microbús; bólidos que, paradójicamente suelen tener múltiples accidentes por exceso de velocidad, pero eso no va a pasar hoy con el poder de la carga vehicular haciendo pedazos el tiempo. Estos armatostes pueden entregarte a tiempo a la eternidad pero no cuando vas al trabajo. La repugnancia a llegar tarde es la misma que la de no tener algún otro lugar para llegar, un pedazo de fino aire o alguna actividad que fuera al menos poco menos fastidiosa que sentarse  todo el día después de haberse sentado todo el día para poder llegar a sentarse. Evidentemente no tengo ganas de trabajar, no hoy, no ayer ni mañana. La cosa va mal, me hace sentir que estoy pagando algo. El mundo se queda quieto, seco y sin municiones. Explota el calor disecando corazones.  Por mucho tiempo esto estaba bien, ahora creo que me duelen los riñones y que la ciudad es la plena existencia es de colores que ya no distingo en la mirada de mis humanos interlocutores. Es decir, me siento discapacitado.
La raja partida de los neumáticos sobre la sinergia oscurecida y se  diría hasta frustrada. La contaminación del claxon estremece e intenta desafiar las leyes del espacio tiempo creyendo que a punta de hacer sonar continuamente la mentada de madre va a aparecer un túnel de gusano que mágicamente lo llevará a su destino. En mi ventana, en un reflejo de hacía apenas cinco minutos, aparecía la quietud leyendo Los hermanos Karamasov y de pronto sentía la necesidad de ser religioso para despertar mi ira y lanzar piedras a discreción. Hace meces que los libros no pueden acabarme ni leerme, mis amigos caminan con el alma arrancada debatiéndose entre recuerdos de caricaturas y proyectos sin cuerpo. Somos la sustancia de los hechos. Somos moscas golpeando el vidrio con la cabeza dormitando y roncando rumbo al trabajo. Es irritante no tener más ideas o más paradigmas. Es irritante que el ruido no se termine. Llego a casa y todo está en otro idioma, salgo de ella y todo está en otra dimensión, y creo que ahora soy un recorte en dos planos sobre el papel. Se siente que es una calcomanía despegándose de la planilla hirviendo en calor.
                El calor, el tránsito, la carga vesicular y el tráfico de almas. El chofer sube el volumen de sus gritos rítmicos guapachosos y querendones. Hermosa humanidad ojala te cayera una masa de excremento interestelar. Pero no, estoy cansado “me digo”, sin embargo son pensamientos dulces, en  la destrucción parental de la identidad soluble en agua. La gente no debería de quejarse de los abortos, antes bien deberían de considerar legalizar y reconsiderar semánticamente el aborto y promover el aborto como extensión más allá de los no natos, ¡aborto para los natos, ya! Aborten esta misión.
                Pero qué estupidez  pensar en reivindicar el suicidio. Un suicidio no requiere un hospital especializado a menos que seas sociólogo. “Ponte una bala en la cabeza” sería mi lema, lástima que se vaya a confundir con la constitución gringa que es más incluyente con los otros.
Estos pensamientos me han relajado. En quince minutos el reloj da una vuelta completa al minutero y el segundero se ha roto. En esta inflexión de la rueda únicamente ha dado treinta vueltas. Horas dentro de una desmesura que podríamos llamar situación política de “desaceleración sudando a chorros”, mirando sudar a los otros mientras los fantasmas se esconden en el asiento escondidos tras genitales fuera de escena, obscena, obcecada, obstruida, obstina… obviamente ya se me fue el avión.
¡Oh! Mi preciosa vida de balbuceos en “buenas tardes y de nada” a la espera de al menos una hermosa mujer con pantalones ajustados suba y sude a la calamidad. ¡Qué mierda puede hacerse con la preciosa vida humana! Sujeto-objetos, órganos sin cuerpo.
                La gente alrededor entiende a sus estómagos, y al fundamentar debe de fundamentarse que en la historia es un lapsus de olvidos por donde pasa el agua y la introducen hasta almacenarla en un material genético remaneciente, ¿no? Esté es el país más feliz del planeta, el que combina miles de años de vacas estructurales y fenómenos de portento primigenio entre la exclusión y la zanahoria inalcanzable que hace girar las imaginaciones, podemos viajar montados en microbuses y comer hamburguesas. Somos rarezas, todo este maldito y gigantesco pedazo de tierra encerrado, enterrado dentro de un microbús.
                Así pasan dos horas montado y encerrado en los pensamientos que avanzan a vuelta de rueda, con olor a riñones, demasiado bloqueado  como para pensar  en otro cuento, lugares para que se cancele y se pudra la serpiente y ponga sus huevos en la imaginación. La señora, la anciana, la embarazada, la luz y la muerte deberían de crear cierta conciencia al mismo tiempo me entretiene no  tener que levantarme por cortesía mientras bufan e intentan hacerme sentir mal por mi indiferencia, ya no me dan miedo.
                No puedo más, a la mierda a caminar, le digo al de junto que voy a bajar, ni siquiera le pido permiso, se hace a un lado y comienzo a abrirme paso entre céfiros y trinos. Bajo del microbús a unas cuadras de mi destino, por fin no avanza más y es un día escalofriante donde no quieres toparte con alguien en peores pensamientos que los tuyos. Podrías odiar a la humanidad pero tampoco quieres ir al hospital con ella, o quizás sí.
                Camino, camino, camino camino, pie derecho, pie izquierdo, no olvides respirar, no olvides mirar, pienso en estos recuerdos, en estas ideologías, en estas espírales, en esas cosas que no recuerdo, en estas formas y  prenderle gasolina a algo, desde una obra de arte posmoderna hasta a un secretario de economía gordo. Podrían arrestarme si escucharan mis pensamientos, afortunadamente no hay tal forma de mirar mis pensamientos, quizás más tarde lo publique en Facebook. Camino, camino, es estúpidamente tarde, “sí, es que veras, había demasiado tránsito, ummm, no es verdad, ¡Mierda crees que llego tarde para escuchar tus pendejadas de mierda sobre lo que debe de hacer las personas, claro, por que tú si llegas temprano con los clientes, cómo no. Ahora sermonéame hijo de puta, dime que tienes más experiencia que yo, que estás más cuerdo, que lo único que pides es puntualidad y que es una idiotez estudiar algo para lo que no hay trabajo, que en tuviste a tus hijos a los diecinueve años y que eres contador y que eres de izquierda y que sigues un propósito, que detestas a la derecha. ¡Es como gritarse a uno mismo que jamás ha pensado en una prostituta!
                Llego a la esquina y a mitad de la avenida dos payasos corren con una cometa! Dos malditos payasos corriendo a mitad de la avenida seguidos de una patrulla como si fueran peregrinos en el día de la puta lupana! De colores, con una cometa, o juro, caminan por que están cansado, cuando los veo que siguen corriendo, con sus cabellos al aire. ¡Dos pinches payasos hijos de puta que ni siquiera anuncian qué están haciendo corriendo a mitad de la avenida deteniendo el tránsito! Basta. Me rindo, la idea de estar dentro de la cabeza de Buñuel mientras tiene una jaqueca y una ulcera en el estómago me está volviendo cuerdo. Soy el tumor cerebral  escondido de Buñuel en su mundo apocalíptico.
                Declaro que este no es mi mundo, no es agradable, no me gusta verlo todas las mañanas, no lo quiero cambiar por que lo conozco cuando cambia, quiero hacer otra cosa, adivinen qué.

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