–¿Darías
tu vida?– preguntó Soledad.
Las estrellas fulminaban al final de
la noche que más bien parecía un pasillo. El pasto estaba mojado y olía a la
humedad de dos sexos que se estrellaron brutalmente. Así, tan fulminante como
la pregunta, Dionisio se quedó sin contestar. Había la sensación de una derrota
del tiempo que los acosaba, pero el tiempo no puede ser derrotado fue el primer
pensamiento que les cruzó al instante que podía terminar pero ambos necesitaban
decir algo, aunque fuera por desesperación.
También
Había un límite de posibilidad y en ese momento no había futuro ni lo que la gente
necesitaba, aunque fuera una palabra, y casi por accidente creyeron definir eso
que nombraban comúnmente en canciones estúpidas y pretextos de alcohol. Quizás
no eran esa palabra que les recordaba más al amo que al propietario de la R.
esa estúpida palabra era fin del mundo, igual que la Patagonia. La puta palabra
era una calamidad crujiente como un azote o un hueso roto y no sabían si darle
un bautizo oneroso o un entierro discreto.
Las canciones se acumulaban
recostados en el frío pasto. Ella escribía canciones que nunca serian
secuestradas del anonimato y él no podía
fugarse del vicio de una vida bucólica. Había guerra, había desaparecidos y
malos gobiernos, y más guerra y mucha sangre y todos estaba en algún bando, en
alguna opinión o en alguna distracción; las calles fueron bombardeadas con
mucha estupidez y la gente corría a refugiarse en la violencia que caía del
cielo con los prototipos de una vida casi inerte. De los que opusieron resistencia
todos estaban locos y también fueron bombardeados
con frustración masiva.
Cada
vez menos y a la vez más. La conciencia desposeída y una mala idea que se
escapa. La pareja se quedaba mirando el cielo recostada en el pasto. Alguno por
fin dijo.
–
A la mierda la revolución.
***
Una anciana con la mitad de la cara
paralizada se encuentra con un anciano con el fémur roto y por casualidad se
cagaron de la risa. Otra vez era de noche y había un espejo en el reloj. Dos
viejos después de llorar comenzaron a empujarse en la calle. Dos viejos
incendiarios, dos viejos muertos, dos viejos reumáticos desempleados, dos
viejos que creían haberlo vivido todo, dos viejos asombrados de que nadie les
hiciera caso, dos viejos hasta las narices de medicinas caducas, dos viejos que
se quejaban de ser viejos, dos viejos que se cagaban en el gobierno, dos viejos
asmáticos que querían gritar, se agarraron a bastonazos en medio de la calle y
se gritaban peor ya no tenían voz, la anciana casi le arranca el ojo “vieja
puta de mierda” “viejo hijo de la chingada” “te voy a matar” “inténtalo culero”.
Love Song de fondo. Dos fantasmas hambrientos se dieron la espalda y siguieron
por donde venían, otra vez.


0 comentarios:
Publicar un comentario