martes, 25 de septiembre de 2012

Disidencia a contra tiempo



–¿Darías tu vida?– preguntó Soledad.
            Las estrellas fulminaban al final de la noche que más bien parecía un pasillo. El pasto estaba mojado y olía a la humedad de dos sexos que se estrellaron brutalmente. Así, tan fulminante como la pregunta, Dionisio se quedó sin contestar. Había la sensación de una derrota del tiempo que los acosaba, pero el tiempo no puede ser derrotado fue el primer pensamiento que les cruzó al instante que podía terminar pero ambos necesitaban decir algo, aunque fuera por desesperación.
También Había un límite de posibilidad y en ese momento no había futuro ni lo que la gente necesitaba, aunque fuera una palabra, y casi por accidente creyeron definir eso que nombraban comúnmente en canciones estúpidas y pretextos de alcohol. Quizás no eran esa palabra que les recordaba más al amo que al propietario de la R. esa estúpida palabra era fin del mundo, igual que la Patagonia. La puta palabra era una calamidad crujiente como un azote o un hueso roto y no sabían si darle un bautizo oneroso o un entierro discreto.
            Las canciones se acumulaban recostados en el frío pasto. Ella escribía canciones que nunca serian secuestradas del anonimato y  él no podía fugarse del vicio de una vida bucólica. Había guerra, había desaparecidos y malos gobiernos, y más guerra y mucha sangre y todos estaba en algún bando, en alguna opinión o en alguna distracción; las calles fueron bombardeadas con mucha estupidez y la gente corría a refugiarse en la violencia que caía del cielo con los prototipos de una vida casi inerte. De los que opusieron resistencia todos estaban locos  y también fueron bombardeados con  frustración masiva.
Cada vez menos y a la vez más. La conciencia desposeída y una mala idea que se escapa. La pareja se quedaba mirando el cielo recostada en el pasto. Alguno por fin dijo.
– A la mierda la revolución.

***
Una anciana con la mitad de la cara paralizada se encuentra con un anciano con el fémur roto y por casualidad se cagaron de la risa. Otra vez era de noche y había un espejo en el reloj. Dos viejos después de llorar comenzaron a empujarse en la calle. Dos viejos incendiarios, dos viejos muertos, dos viejos reumáticos desempleados, dos viejos que creían haberlo vivido todo, dos viejos asombrados de que nadie les hiciera caso, dos viejos hasta las narices de medicinas caducas, dos viejos que se quejaban de ser viejos, dos viejos que se cagaban en el gobierno, dos viejos asmáticos que querían gritar, se agarraron a bastonazos en medio de la calle y se gritaban peor ya no tenían voz, la anciana casi le arranca el ojo “vieja puta de mierda” “viejo hijo de la chingada” “te voy a matar” “inténtalo culero”. Love Song de fondo. Dos fantasmas hambrientos se dieron la espalda y siguieron por donde venían, otra vez.

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