
“¿No estás cansado de trabajos mediocres y mal pagados?”
La reunión de exalumnos se había prolongado, por lo que decidimos salir a la ciudad con esa propuesta de barbitúricos y anfetaminas. Estábamos cansados de la recepción eterna, las mareas, los trabajos, los hijos. La más joven iba con su hija entre brazos y los cinco restantes con manchas de semen en el pecho. Ya íbamos relativamente hechos con placas de nervios encendidos y centelleantes. La propuesta: hoy vamos a competir a ver quien hace más atrocidades. Nada era real y todo era la nube azul sobre nuestras cabezas despeinadas que aún conservaban los trajes de gala puestos, pero las chicas llevaban sus botas negras por debajo de los vestidos de coctel y los hombres teníamos las corbatas en la cabeza y los pantalones hechos jirones.
No tardamos mucho en despertar en el metro, donde iba un borracho frente a nosotros bajando por las escaleras eléctricas. Leticia fue quien quiso empujarlo y el anciano se fue de cabeza y se quedó acostado en el escalón hasta que la escalera desapareció debajo de las aspas al final del mecanismo. Se le abrió la cabeza como si estuvieran rallando queso, un queso rojo y chorreante cuyo hedor me inspiró a ir tras él a hacer lo mío, a burlarme de él, risotada tras risotada continuamente. El anciano también reía, la gente alrededor se reía, pero pronto dejaron su momento de paz y siguieron quemándose la piel a puñetazos. Fabián había desaparecido, solamente, quedábamos cuatro, una mujer con niño en el brazo y nosotros. Decidimos robar un extintor de la estación del metro pero ya no había respiraciones, ni gente, no había que desvanecerse y creo que me sentía con el corazón en los pies. Me quité los zapatos y rocié con el extintor mis dedos chamuscados por el hedor de mi putos pasos malgastados como intentando exorcizarme tanta pérdida de tiempo.
Al salir perdimos a la mujer con el niño bajo el brazo, y Fabián seguía perdido. Escuchamos, los restante sirenas a lo lejos llamándonos. Decidimos caminar aunque fuese peligroso, en las noticias no lo recomendaban, el terror regía las calles con las bandas de niños rotos prendidos con éter a su noche. Nos topamos a algunos, mi esposa estaba intranquila, su hedor a miedo fue lo que nos delató cuando por fin paso un sujeto en bicicleta y la empujo por el pecho e intentó violarla, ella no quería sexo, quería cortarle la verga, quería vengarse en nombre de todas las confusiones y los deseos, pero no teníamos tiempo y corrimos así que se tuvo que conformar agarrándole los testículos hasta que él no tuvo más opción que escupirle en la cara. Seguramente estaba más drogado que nosotros, más real que nuestro suelo pegajoso que no nos dejaba correr, ella se regodeo, lo vio allí tumbado por el dolor y ella me gritó, “ahora te alcanzo” mientras usaba su entrepierna como trampolín. Escuché de espaldas como la llamaba puta, le dijo perra y ella lo tomó por el brazo, se lo torció y él seguía llamándola perra. Tuve celos del nivel de intimidad al que habían llegado. Miraba la escena de lejos, los demás gritaba, “Déjala, vamos a perder el juego.” Caminé unos pasos pero al mirar de reojo que el vestido de noche de mi esposa comenzaba a mancharse de sangre, quise seguir corriendo aunque los celos me carcomieran. No me importó, regresé corriendo hasta donde estaba ella Yo sujeté el otro brazo, se los torcimos como si estuviéramos exprimiendo ropa mojada. Lo llevamos hasta la parte trasera de un auto compacto y estrellamos su cara, a la primera su sandia no se le abrió, a la segunda apenas era como queso, a la tercera solamente se cuarteo el vidrio, a la quinta comenzó a ceder y no recuerdo cuantas veces lo hicimos hasta que el estruendo nos regresó a los cristales que nos astillaron, sobre todo, no recuerdo en que momento nos percatamos que había una joven pareja asustada en el interior del automóvil, mirándonos con horror, seguramente espantados por lo sucio de nuestras ropas. Mi esposa solamente atinó en meterse en el coche a pedirles desesperadamente asustada:
“Por favor, ayúdennos, nos persiguen”
Arrancaron el automóvil, nos preguntaron si estábamos bien, pero quizás ellos estaban en peligro. Los obligamos a ayudarnos a encontrar a nuestra amiga con su hijo. Al cabo de dar unas vueltas, la pareja por fin nos tuvo confianza y por fin nos daba un poco de mariguana que fumaban envuelta en algún hidrocarburo. Pasando un incendio estimulado por un camión de bomberos, vimos a nuestra amiga en una esquina dando vueltas con un bulto que no era humano. El niño había desaparecido.
Exigimos que nos llevaran fuera de la ciudad, donde estábamos en el principio, en esa casa que se encontraba en un claro en el bosque. Al dejarnos nos preguntábamos si aquella pareja asustadiza llamaría a la policía, al ejército, a la marina, o a los siquiatras.
Nuestra amiga solamente se la pasaba arrullando al bulto inhumano que traía consigo.
El claro en el bosque comenzaba al amanecer, nos quedamos mirando salir el sol escuchando como se acercaban las patrullas. Primero pasó el helicóptero, luego nos preguntábamos dónde habrían estado todas las patrullas esa noche, y por la madrugada. Una patrulla salió de entre los árboles y a toda velocidad dio su giro frente a nosotros. Pronto más y más policías salían de la nada, todos hacían lo mismo, ignorarnos.
Apareció una camioneta entre los árboles que se estrelló contra un árbol y un bulto humano y pequeño salió por el parabrisas, luego se abrió la puerta donde se recargaba Fabián, mi compañero de la universidad y quizás el ser más temeroso que haya conocido, con la mano tambaleándose y sangrante, con la mirada extasiada sacó un arma gigantesca, balanceándose sicóticamente, dando tiros en el aire y gritando: ¡GANÉ! ¡GANÉ!
Me sacudí la cabeza, aúne estaba descalzo, mi esposa había desaparecido. Los policías se abalanzaron contra mi amigo mientras decidí dejar de fumar en ese mismo instante. Miré al cielo, comenzaba a anochecer nuevamente.
Recapitulando, fue la noticia de que se apagaría el sol lo que tenía al mundo de cabeza. Estaba a punto de graduarme cuando dieron la noticia y, supongo, que ya no había mucho que rescatar Ya no había hospitales, ni medicinas. Todo eran navajas. Era el olor a humo del crematorio lo siguiente que recuerdo.

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