
Por mucho tiempo establecieron lo que ahora llamamos “las reglas del espejo” para aquellos que estábamos destinados a sobrellevar la carga dañada que no necesitaba de ocio y confort desde las cuales re-direccionar el nuevo orden. A finales del ciento diez esto parecía ya algo que no debía ser discutido: una fracción humana iba a estar destinada a soportar al resto como sacrificio necesario encaminado hacía la era de “desaceleración ritualista”, que más bien era una matadero intelectual de los cerdos que vivían de la superficie de fantasías y androides diseñados exclusivamente para facilitar las secreciones y potenciar las maravillas del organismo colectivo, ahora llamado “clitoria”. Quietud sin paz, exacerbación sin dudas. Pero ninguno de nosotros, los “póstumos”, fuimos tan felices con semejante “honor”. La misión era simple: trabajar en un ejército de seleccionados que dirigirían el cauce de la moral tratando de revertir la irracionalidad emergente del eros-ionismo, los mejores, los antes llamados científicos sino también de otros ramos, tanto por su resistencia física como su insolencia intelectual fueron llamados a la causa. Llamados en términos que ocultan la verdadera propuesta: únete o quédate en la superficie. Pocos rebeldes aceptaron la superficialidad, la gran mayoría después de ese futuro únicamente se dedicaría a cultivar la semilla podrida de la mente humana. La decisión fue tomada después del borde sostenible ecológico planetario a mediados de aquel “tiempo atrás”.
Con el encarecimiento siempre vienen los tiempos sombríos. En lo que históricamente se reclasifico como la iluminación barbárica, la idea de una horca nos hizo pensar mucho que éramos el abono de aquel podrido fruto, algo más como quemar el planeta quizás hubiera sacudido las ansias y el hastío, seríamos tele-transportadores más factibles, pero la miseria de mi gente, esos bodrios de la naturaleza teníamos que diseñar un mundo, condenados a ser dioses el castigo es que el hastío comience a tragarnos las entrañas atados al planeta. De buena gana salimos ala conquista del espacio, yo mismo visité una de las estrellas más lejanas gracias al mapeo de hoyos negros reinventado hace poco, pero de nada nos servía nuestra sofisticada dignidad. Lo peor no había pasado en ochocientos uno cuando se estableció contacto con formas de vida externas, quienes encontraron una civilización extraña al que le llamábamos nuestra, y mil veces subdividida hasta llegar a una partícula, tal cual, “superficial” que debíamos de mantener bajo estrictos controles de luz, refresco y con una serie de placeres nuevos e inalcanzables. Un ente insaciable cuyo dogma para nosotros se tradujo en: conserva ala especie haz feliz a un superficial.
Aquellas civilizaciones resumieron la comunicación en: no se preocupen, nosotros los llamaremos luego.
Los primeros avances tecnológicos se destinaron a fortalecernos a los sin voluntad, ya que una vida eterna, la de los “elementales”, como nos hicimos llamar después del cuatrocientos cuatro, que gracias a los avances descubrimos cómo vivir más del doble del sapiens promedio dopado, descubrimos que la vida larga tiende a quedarse sin voluntad y que no hay capacidad de vida y mucho menos el cuidado de esta. Pero muchos de nosotros aún pensamos que la gran depresión fue culpa del rechazo extraterrestre, una gran discusión se suscitó, y dado el avance, las grandes discusiones se daban en cuestiones de segundos.
Pudimos sobrevivirlos basados en la reciprocidad con los superficiales que después de ochocientos años, y con una vida mortal promedio más corta, nos aprovechamos del ímpetu de lo que llamaban pomposamente “el jolgorio más grande del universo jamás inventado por alguien llamado Juan”. Una voluntad con media fuerza, de la que después de miles de ensayos, nos sacamos genéticamente la “voluntad”, esa forma primigenia que tendía a ser más bien inestable, y encapsularla y distribuirla, cabía destacar que aquellos que aún conservaban la tradición rebelde comenzaron a distribuir voluntad de muy baja calidad para sabotearnos, sin embargo su legado de daños fue un paso más allá con esta acción, hizo que muchos de nosotros nos hiciéramos adictos a la voluntad adulterada, cuya fascinación e inestabilidad nos recordaba constantemente por qué era necesario reducir la población y colocar tele transportación en rincones remotos del planeta. Pero muy pronto a los adulteradores fueron requeridos en tareas específicas. Ellos, o más bien ellas, en su mayoría eran mujeres, serían las ingenieras y arquitectas del gran “nosotros sustituto” de sus diminutas y cortas manos surgieron delicados accidentes de la naturaleza incapaces de sobrevivir al frio, o al calor pero sí a las contradicciones y a las paradojas.
Fracciones humanas de paradoja crítica estimularon la rebeldía de aquellos sobre los que estaban parados. Es decir, y para conservar la calma, nosotros adoptábamos a estas frágiles y resistentes miniaturas, y no solamente las adoptábamos, las llevábamos a casa a granel y una vez dentro comenzábamos a pisarlas, a descuartizarlas con alegría, a torturarlas y desmembrarlas a como mejor nos pareciera. Evidentemente habíamos perdido el control, pero aún había que conservar la calma y la superficialidad.

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