martes, 20 de diciembre de 2011

El brillo







Desde una gota de agua brota el mundo, desde una gota se puede ver el mundo, desde una gota sus sombras regresan y el ciclo es un vicio natural. La luna es el ojo en el cielo. Las calles vuelven y recorren el asfalto por donde nuevamente brota el camino. Las ciudades son extrañas con sus cables en el aire y luces centelleantes que hacen vibrar dándole vida a las sombras de cosas inmóviles y muertas. Desde la avenida hasta la entrada de la casa, pasando por la sala y los muros pintados con consignas en símbolos rarificados. Hojas de papel y hojas de letras regadas en el suelo y en las escaleras, comienzo a subir a la habitación dando traspiés en las escaleras de caracol a oscuras, procurando no tocar las paredes por miedo a tocar algo que esté respirando, algo, viscoso que muerde con soltura y mucha resignación, algo que ya no está en mi cama. Persigno la puerta tres veces, el cielo oculto detrás es la ventana que está abierta y solamente hay que dar el salto, un salto mortal, un salto suicida de cinco centímetros hasta la barda del edificio de junto para subir a sentarse junto al tinaco donde instalamos la tienda de campaña improvisada. La habitación de pánico cuando decides que subir es menos inseguro que permanecer en tierra. Paso más tiempo en el techo y allí la luna es el ojo que observa, a veces entrecerrado a veces es un ojo abierto y psicótico. Una especie de nube sale de mi boca, una boca cualquiera que grita por las tardes, que protesta todas las noches y que ya se quedó sin voz
A veces me pregunto por qué no me dispararon en el lugar correcto. Ahora solamente tengo la pelvis destrozada y malos recuerdos Me duele la pierna cuando hace frío y fue la suerte de que el tirador fuera estúpido. Los edificios siguen líneas asimétricas alrededor de la luz que proyectan. Quise ser poeta pero siempre comienza a llover muy temprano, justo como ahora. La tienda de campaña en la azotea se inunda cada vez más. Con la virtud del lisiado hay que tener cuidado de no caer al entrar por la ventana apoyando los pies en el marco de aluminio de la ventana. Lo que pueda suceder es una horrenda proyección de un documental que explica por qué el pasado no puede ser un error. La turbina quemada en el viaje al futuro y nos estrellamos en esto. En está última época se puede decir, compartir y quemar mucho de lo que queda del accidente. Ahora nos intoxicamos con la luz de estrellas muertas. No hay esperanza, solo la radicalización de lo que suponemos es un suicidio colectivo y planetario.
Maldita sea la lluvia precoz. Hay que dar un salto y caer en el suelo firme del desorden de mi cuarto. Por ahora es mejor quitarse las cadenas e ir a dormir con las botas puestas. Está la cama, están las sombras que se mueven por todas partes. Llegué a un punto en el que me estoy cuestionando cuánto tiempo ha pasado mientras dormía, mientras estaba en el baño, mientras me estaba masturbando, pero esas cuestiones parecen intrascendentales si te lanzas a la quietud aparente. Esta suciedad y este desorden son las coordenadas físicas de la habitación y sus historias. Llegas a pensarte que la guerra ni siquiera ha empezado y ya sientes el síndrome por estrés postraumático, mirando al enemigo detrás de la puerta, saltando de miedo al sonar el claxon recordando a tus amigos muertos. Los músculos se tensan y piensas que nuevamente va a surgir o que puedes retomar el tiempo perdido, cosa, que por cierto, no existe, no se puede perder el tiempo, si supiéramos perder el tiempo hacía mucho que podríamos haber sonreído juntos. El tiempo sabe siempre dónde vives, con quién te acuestas y todo lo que te gusta. El tiempo es un psicópata enajenado con la vida. Tienes que regresar a la historia, a literalmente renacer fabricando sobre el silencio y las heridas. Miles de causas distintas y aún camino sobre esta tierra, saber perder al tiempo es la fuente de la eterna locura.
No se puede saber qué pensar después de un buen B-12.
No puedo dormir, le he dado tantas vueltas a la cama, tapándome los oídos con la almohada intentando silenciar las escandalosas y estrepitosas pisadas de las arañas, que en lugar de la almohada debería hundir la cabeza entera dentro del colchón, y he tenido tanto calor en los pies que sería mejor sacarlos a que se mojen en la ventana utilizando como soporte en la espalda tomos de la enciclopedia que me robé de la biblioteca.
Iba a proceder primero con el agujero del colchón, y lo iba a hacer a cabezas olimpo, pero las luces de la casa se encienden y escucho que han reventado el espejo del baño. Hay alguien en la casa, lo cuál me cusa bastante gracia. Bajo por las escaleras a toda velocidad y las luces están encendidas, la música a todo volumen y los vecinos nos detestan. Nos hemos quedado sin espejo en el baño… otra vez. Han llegado las cervezas.
Allí están ellos, celebrando, allí estoy yo empezando después de seis meses que salí del hospital. Me recetaron reposo y esta es la única forma que conozco para reposar. El silencio no quema, el silencio no lacera cuando ya no quieres escuchar a nadie, ahora necesito esto porque el silencio solamente se puede disfrutar cuando ya no quieres escuchar a ninguno y ahora, con las lluvias tan precoces en mi vida y después de que te fuiste comencé apagando sistemáticamente las emociones. Es verdad, esperaba que alguien me mostrara unas canciones y a la solución al problema del huevo o la gallina, luego vino la sartén, el aceite y los vegetarianos de mierda. Por fin estaba cansado. Ni triste ni amargado. Cansado de sobrevivir, cansado de pensar que otro infierno era posible, cansado jugar a la decadencia y de sentir que cada día debía de enorgullecerme de tener una meta en la cabeza: aguantar estoicamente que el mundo me escupiera en la cara y de quejarme bebiendo cerveza.
Ahora veo a mis amigos haciendo destrozos en la casa y en la sala, creo que mi chica le está dando placer oral a la exnovia de mi mejor amigo, mientras yo busco una cerveza en el suelo o una colilla de mariguana. La gente piensa cuando nos ve: “ya no son jóvenes”. Y nosotros pensamos que allí afuera ya tienen demasiados mutantes, demasiados monstruos como para tolerar nuestro pensamiento después de que nuestra generación ha visto emergencias epidemiológicas, o temblores o el calentamiento global friéndoles las caderas a señoras católicas cuyas hemorroides podrían algún día ser una reliquia política que nos va a quemar en la plaza pública.
El aparato inquisidor que surgió a partir de la liberación del único dogma existente: “Sé tú mismo, diferénciate y, de paso, con ayuda del tiempo, procura mandar a todos al campo de concentración de tu indiferencia”
Pero nosotros aún vamos a dar batalla, conocemos nuestros errores, bebemos nuestras contradicciones y aún hacemos pintas en la calle de “no a la iconoclastía, no a la clonación de obreros, no a la reforma 84 de información y programación, no a la mitosis religiosa de las religiones” Dibujos en las paredes sin renta congelada, nuestras cabezas son el congal de los políticos y no nos meten a un manicomio por que aún podemos pagar otra década de infortunios. Comenzaba a sentirme orgulloso hasta que giré la cabeza y vi a mi amigo en la esquina conectado a una lata de solventes y en aquella otra se menean dos cuerpos en la noche.
Quedé parado en medio de la habitación. Pude terminar en la sima y a lo mejor en la cima. Somos Virgilio de vacaciones en la racionalidad instrumental y Faustos regresando a los brazos de la llaga ciencia cuando nosotros sonreímos.
MI novia sale y se va a vomitar al baño, mis amigos quedan inconscientes después de vomitar el suelo y sobre ese charco de vomito y vidrios. Vuelvo a ir a las escaleras a seguir intentando clavar mi cabeza en el colchón. Escucho que me llaman. La música se a terminado, la cerveza ahora está en el suelo, junto con algunas cenas, y varios cuerpos a media noche. Claramente había escuchado mi nombre. Bajo las escaleras, aquellos que aún podrían tener la capacidad de hablar están gimiendo en el baño, a los demás podrían violarlos o cobrarles el impuesto sobre el valor agregado del vómito por ser doble paso de alimentos. No me sorprende escuchar cosas, siempre escucho cosas. Alguien se acerca con los pies descalzos, me habla. No sé sí estoy dormido, o elevado, o desesperado por ver lo que antes solo podía perder con los oídos, es horrible la visión, horrible y fluctuante. Esa imagen se acerca flotando y me habla al oído:
- Tu silencio es el fuego que quema al mundo.
En ese momento entiendo lo que sucede, ya me había pasado antes, aquella vez muy de niño. Odio a las epifanías, no sé que hacer con ellas.
Se acerca una más, de espaldas, su cabello me envuelve y me hace cosquillas
- Quieres una respuesta sin solución.
Lentamente llegaron más y más monstruosas epifanías sin rostro hasta que la casa quedó infestada de ellas, pájaros inmóviles rodeándome. Quieren sacarme los ojos y hacerme un Santo para que me desentienda. Siguen entrando, flotando e invadiendo, sentadas en el inodoro, bailando en la estufa, comiendo cucarachas, cuidadosamente instaladas hasta que impedían la entrada de la luz sofocando el aire existente en la habitación, tensándome, solamente quería dejar de verlas.
Acto seguido desperté sentado en el techo recargado en el tinaco. La lluvia se terminaba y observé, mojado y temblando, el amanecer rostizando mis ojos como si fueran asquerosos pollos sobre la ciudad. El sol aún no explotaba y la tierra seguía humeante. El universo proveía de sustento para la vida de una agonizante esfera en el vacío.

Después de vi caer ángeles humeantes que sucumbían a la radiación solar amarilla del amanecer. Un espectáculo tedioso. Las primeras veces era genial ver tus blasfemias hechas realidad, pero ya después de tantos años mejor bajé con pereza hasta donde estaba mi habitación. Mis alas rotas eran un bonito tatuaje que me había hecho cuando joven, ahora necesitaba algo que las cubriera. Me sentía un carbón humeante recién sacado del fuego. Todos se habían ido pero seguía sintiendo una mirada acosadora en la espalda. Di media vuelta esperando que las alucinaciones cesaran o el lóbulo frontal se me saliera por un ojo. Despacio, aprendes a que no debes de tener estás apabullantes vistas demasiado deprisa ya que puedes quedar paralítico o volverte un sabio ermitaño que no bebe cerveza ni vuelve a tener orgías. Aparentemente no era la alucinación lo que estaba allí, no eran epifanías, era otra cosa más aterradora que no se despejaba y por la noche en los cielos crece y cae sobre el suelo. Descubrí la mirada cruel arrancándome las ideas. Esa mirada. Era la madre de las epifanías, el monstruo de la epifanías, el azote de las epifanías, la “niña insolente hija de perra y grande que te golpeaba en la primaria” de las epifanías.

El espejo no estaba roto.



.

0 comentarios:

Open Panel