
Juglares mudos.
Aquí, la confusión es sacar borrachos y aguantar los embates del mundo desde el borde de la barra. Somos como niños que necesitan algún tipo de fraternidad y amor. Los ceniceros hasta el tope y cada consumidor es una maquina deficiente que busca placer en la viña del señor; temblorosos que eligieron el alcohol como bandera de su ilegalidad permitida en el goce de no pensar. Ocaso para ciegos. Siempre andar al borde con la mirada perdida y aquello comenzó como exploración más allá de los sentidos hasta que termina en la única virtud normal de decadencia y cotidianidad.
Estamos en apariencia vivos.
Sentado al fondo puedes escuchar “Riders on the storm” con las nubes posadas en el firmamento. El atardecer es igual de gris que el asfalto, quizás el reflejo del cielo en la tierra. En los alrededores hay curiosidades tales como un joven leyendo Miedo y Asco en las Vegas y Hunter S. Thompson advierte acerca de las “vibraciones negativas de cualquier sueño material”, ahora pesadilla para todos los bebedores de cerveza, que forman el intento kamikaze de suicidio permanente, e inhalaciones rodean hasta estrangular al putrefacto aire que proviene de la calle, luego silencio en la oscuridad de nuestras generaciones. Probablemente el mundo se acabe con el Apocalipsis de la fortuna de cientos de perdedores que conforman un cerco de seguridad alrededor de la tele.
Yo estoy aquí para probar suerte lejos de la gente “normal”; calando la pelea más fundamental: sobrevivir con todo y consumo evitando que las cuchillas que mutilan al hombre hasta obligarlo a replegar su lucha en el fondo de una botella. Sin gloria, ni cualquier otra cosa que se pueda confundir con el éxito, formamos una legión que nada tiene para perder, ni nada para ganar, ni desear, ni estar. Solamente esperamos que la Muerte nos agarre confesados y bebidos.
Taller de Carne.
“Usaremos a Dios como herramienta para vencer al Diablo.”
Era la botana que servían entre las 12:00 y las 0:00 horas, eje fundamental del patrón-horario de cualquier vagabundo. Algunos bostezaban y veían la televisión. Cantina llena y se acercaban vendedoras callejeras, casi todas con tres o cuatro niños a cuestas, para ofrecer chicles o cigarros de dudosa procedencia, el mismo origen de los alcohólicos que ahí estaban. Algunos comían tacos que compraban al otro lado de la calle. Se alimentaban con carne y tortilla introduciendo en sus bocas los cadáveres de animales y rarezas lactantes. Todos en la cantina parecían lagartijas invalidas calentándose al sol. Punto flexivo e incoherencia ascendente. Si nos lo hubieran permitido, hubiésemos organizado batallas a muerte entre vagabundos hambrientos, y la recompensa al sobreviviente sería una botella de realidad concentrada, veneno puro, y un taco de seso con tripa grasienta, tan fresca que todavía se pudiera oler la adrenalina bovina.
Por el lugar merodean docena y media de adiposos con botellas en mano, sedientos en busca de una falda o que en su santuario cervecero resonaran tacones femeninos y vírgenes. Es el estado natural de esas personas, o, mejor dicho, de esos fenómenos de circo que buscan todo tipo de carne para devorar y masticar con violencia hasta la saciedad, pues les quedan pocas cosas que desear. Increíblemente, pueden existir de Lunes a Viernes, de ida y vuelta a sus trabajos y casas; con esposas, jefes, madres, amigos, vecinos e hijos diciéndoles que son tan importantes como la mugre sobre los muebles. Fueron jóvenes que ya nunca volverán a sentirse vivos. Solamente les queda la esperanza de tener dinero suficiente para comparar otra botella que los ampare del regreso a casa. Por eso destrozan su cuerpo al ingerir litros y litros de lento suicidio placentero. Ahora se sientan a sonreír levemente, escuchan música que les recuerda que alguna vez tuvieron algo que los mantenía a la expectativa de lo que sucediera mañana en sus vidas. Son la hilaridad de todos los tiempos. Desperdician sus existencias porque son la carne de un matadero mucho más grande.
Ojalá tengamos buena muerte y la suerte de que todo se acabe mañana.
Mal chiste.
Una mujer gorda con el pelo oxigenado y un transexual elegante, entran al bar y piden varias cervezas y una botella de tequila. Luego dos lagartijas sentadas a lado, les piden un baile a las singulares mujeres. Ellas aceptan y, después de un breve lapso en el bar, se van al hotel a terminar con aquello.
La noche es tan corta como la existencia misma. En la calle los faros blancos se desdibujan y raros, perdedores, excéntricos, amantes, guerreros y amazonas salen para disfrutar del anonimato. La calle es violenta y rara vez tranquila. Las brújulas mentales dan giros rápidos y el centro de gravedad les permite caminar en el cielo. Las flores se cristalizan por el frío marfil de la demografía del caos.
A la mañana siguiente un hombre con cara de espanto, le pregunta al otro con cara de cansancio:
–¿Cómo te fue anoche?
El otro le responde con algo de soberbia y altivez.
–Pues... más o menos. Me fui con la gorda y cogimos toda la noche. La cabrona no me dejó dormir ni respirar y casi me parte en dos cuando se montó arriba de mí. Y a ti, ¿cómo te fue?
–Ummm. Pues la desnude y lo hicimos durante quince minutos, luego me dormí.
–¿Qué hay de malo en eso?
–Pues que se despertó y me dijo que se llamaba Juan.
–Jajajaja. ¿Y qué hiciste compadre?
–Lo maté.

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