viernes, 29 de abril de 2011

Cuatro minutos




Primero iba la corbata desclavada, o el saco roto, o los pantalones zurcidos. Nunca le preocupó mucho desayunar, así que era fácil salir a la hora prevista para llegar al trabajo. Saldría de la casa en cuanto acabara el chequeo general para saber si estaba preparado para salir al mundo: llaves, el celular, la cartera, su portafolios roído por ratas. Ahí fue cuando entró la sensación de pánico que bajó por el intestino hasta que su vejiga dio la alerta. A toda prisa fue al baño a descargar. Cuatro minutos después salía a toda velocidad de su casa para alcanzar el Metro. La estación quedaba a dos cuadras de la casa, suficiente para acosara la velocidad al subir y bajar escaleras, y llegar a tiempo al andén. Día caluroso que hace que la ciudad sea mal entierro.
La gente, las puertas de los vagones cerrándose en tus narices, castigándote por el incumplimiento desarrollado del mal tiempo, y el siguiente tren tardándose horas para llegar.
Una desesperación se hizo presente al no controlar el universo con la voluntad demente del fuego y la angustia.
El interminable trayecto al trabajo se hizo imposible con cuatro minutos de espinosa mala suerte, envuelto por la masa malhumorada que sacudía y apretujaba por todas partes. Al llegar al trabajo jamás cambia nada: caras y más caras, exigencias, cadenas y dudas. La ansiedad. El jefe diciéndole que era se décimo retardo en un año. Las empresas no son seres humanos, no entienden la melodía del mediodía. No sirvo, fuera de que estuvieran lejos la noche, caminando recto sobre un valor arcaico que le pertenecía al tiempo.
Luego el retorno a casa, sin trabajo, sin dinero, sin ropa nueva, sin auto y sin sueños. Era la una o dos de la tarde. La casa solitaria y hostil retrocede ante la mugre . Nadie debía habitarla entre semana antes de las seis, excepto quizás los días festivos y los sábados y domingos. Su esposa llegaba hasta pasadas de las seis.
Fue a la tienda por cigarros.
Regresó con diez latas de cerveza y dos cajetillas de cigarrillos sin comprender por que las calles se veían tan diferentes e inmensas, como si no llevaran a ninguna parte. Tampoco pudo explicarse por qué el cielo era más azul con gris, como si nunca lo hubiera visto antes.
Cuando se enteró de la noticia de su despido, su esposa no supo qué decir. Algún abrazo comenzó a golpearse en la cabeza preguntando qué iban a hacer con la renta, los gastos, los recibos que nos perdían entre el bando y el primitivo apagón. La cuenta a pagar de la frustración. Ya no bastaba ir a tomar lo necesario de los bosques. Se sentaron y él siguió bebiendo cerveza y fumando sus cigarrillos hasta que al anochecer nos acosara las distintas: él fue expulsado del universo y ella seguía formando parte de él. Ya en la cama hubo un intento de sentimientos, un latido, un golpe humano, duro que ella escuchó en su pecho. Intentó abrazarla y ella casi corresponde. Él se sentía vivo y ella resentía la ausencia de desesperaciones contadas. Aquello no era muy excitante, ni mucho menos apasionado. Todo fue confuso y no se concretó. Simplemente se quedaron ahí tendidos observando los muros. Él sentía dolor. Ella pensaba que el amor era encontrar la evolución del homo-la erección económica.
Por la mañana ella no sintió el cálido hueco de la cama; la huella personal que durmió desde siempre. Las ventanas estaban abiertas, alguien hurgo en el closet. Ella asomó su cabeza por la ventana y vio a un niño desplomándose hacía el suelo. En sus manos llevaba un par de alas hechas con sacos, pantalones y camisas. No podía elevarse. Agitaba y agitaba sin lograr el viento. Desesperado, intentó volar de regreso. Luego observó la cara de su esposa y quiso la risa del sol; la burla del Metro; lo tupido de los edificios; la locura sus ojos y se estrelló de cabeza contra el negro pavimento después de cuatro minutos despertando tarde para ir a trabajar.


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