jueves, 1 de julio de 2010

La esclavitud del odio



Dos días sin dormir después de presentar el examen de recuperación. Pensaba mierda en digestión. Eso era lo que tenía. Mierda en estómago cabeza suficientes para volver a terminar desquiciado en el fondo de la botella. Volví a lo que estaba haciendo. Gad no podía copiar los archivos porque a Windows no se le pegaba la gana facilitarnos el trabajo. Seguramente algún programador se estaría riendo de nuestro patético trabajo de patéticos técnicos de computación en un patético Café Internet. “Cálmate”, le decía a Gad mientras veía su rostro descompuesto por debajo de su imagen habitual, que era la de un negativo de Nosferatu. En realidad nada nos estaba saliendo bien el miércoles que presentamos examen de recuperación. Materia: teoría; hora, 10 a. m.; titular, Avalos cara culo adicto al pensamiento racional; carrera: sociología; razón para reprobar, en realidad carecíamos de excusas para haber derrochado tres meses de nuestra vida pasando por lecturas que nuestros pobres cerebros no aguantaron. Fue el discurso político-filosófico de cómo el mundo no es lo que se suponía ser. Estaba harto de tener que ser alguien. ¡Que se jodan entre todos! Realmente no importaba mucho si había crisis en todo el mundo o si lo que en realidad pasa o lo que pasa en realidad. Lo que anhelaba era estar acostado en la cama con una mujer que no saliera corriendo cuando le dijera que me gustaba masturbarme pensando en que la vida no era ser alguien de provecho con salario, con fama, fortuna o con eficiencia.
5:30 p. m. Entra una chica al local. Su pantalón es entallado, el cuerpo delgado, labios succionadores. El dueño del local fue a hacer negocios y nos dejó a cargo. Cuando veo a una mujer se me ocurren cosas no muy comunes que no a todos les gusta admitir frente a sus amigas, con las que disimulan ser buenos de corazón, omitiendo el hecho de que creen que alabando al feminismo se obtiene compañía fácil. Cuando veo a un mujer acabo pensando que, a) está loca y de alguna manera ambos lo estamos, b) le gusta la música pop y vestirse según viniera al ola expansiva de la moda ( un día alguien piensa que traer botas de esquimal es in y al otro algo ridículo se hace estéticamente aceptable), c) está aún más loca de lo que podía soportar y cree que los hombres piensan en sexo todo el tiempo. No todo el tiempo, solo cuando hay una mujer cerca. La chica intentaba transcribir poemas. Pensé que ella realmente estaba fuera de sus cabales, que iba a la iglesia con la pecaminosa pregunta de si el hombre con el que se casaría resultase con el pene pequeño o problemas de erección, o quizás fantaseaba con mujeres, con alguna prima, vecina, y en un caso extremo, anhelaba ser montada por algún animal o introducirse anguilas hasta quedar saciada.
Definitivamente estaba perdiendo la razón después de estar tres horas rodeados de monitores que proyectaban un fondo negro y comandos de computadora con letras blancas. Líneas enteras de letras blancas que al pasar y pasar formaban paisajes y figuras conforme el programa de computación enajenaba al susceptible. Realmente trabajar ahí era un mero requisito, al igual que estar en la escuela, sólo era cosa de épocas. Bien podría haber nacido en 1920 y trabajar en una fábrica alrededor de toneladas metálicas aspirando humo de carbón. No, ahora era más práctico, levántate a las 8, llega a la escuela, escucha que eres un pedazo muy servil de ignorancia, y con eso es suficiente, haces que todo funcione, vete a trabajar, has que la computadora funcione y te van a pagar cierta fracción del costo del trabajo requerido y recuerda que a nadie le han pagado más por tener conciencia de su esclavitud. Señor Marx, con todo respeto e ignorante desesperación, puede irse a la mierda también.
Si pudiera lavaría aviones y moriría sin familia para que no me recuerden como un perdedor que se desintegró poco a poco.
Enajenación, apatía, nihilismo, vacío. Adjetivos que me califican a mí y a toda una generación de imbéciles que fingen no saber que el futuro que les queda es ser ceros a la izquierda. Se han matado para quitarse la bota de la cara y aplastar a alguien más. Guerras y revoluciones. Tengo la extraña idea de que solamente hay dos grandes situaciones que te hacen cambiar permanentemente, y creo que es la única cura para la apatía: cuando tienes la pistola en la cabeza apunto de que te revienten como a una sandia o cuando tienes la cabeza de alguien al final de tu pistola.
La chica escribe su poema. Gad no puede copiar los archivos y escucha música. Corcobado, Siouxie and the banshees, Joy Division, Depeche Mode... Esa mañana supimos que reprobaríamos el examen, que nos mandarían a nuestras casas a esperar que iniciara otro trimestre de clases. Seguimos sin arreglar computadoras cuando Gad recuerda que tenía que hablarle a su exnovia para informarle de la fecha en la que ella debía inscribirse a la escuela. Habla con ella y regresa con la mirada destrozada apunto de enloquecer y con suficientes ideas de cómo asesinarla, a ella y al amante que estaba con ella cuando Gad llamó. No puedo decirle mucho más que “anímate”, que es lo mismo que quedarse callado.
También hay alguien que espera mi llamada para irnos a beber vino en un cementerio buscando entre tumbas una cripta lo suficientemente abandonada y vieja para que ella se de la vuelta y podamos mancillar, de a perrito, la memoria del muerto abandonado como perro, pero pide demasiado que le ponga atención, así que no llamaré.
La chica sigue escribiendo su carta de amor mientras intento imaginar por qué usa tanga extra roja y mínima. A su lado se sienta el hombre con hedor a cigarro viejo que regularmente me pide que le escriba mensajes de “Hombre pensionado busca mujer de 45 años para matrimonio”. En su bolsa siempre hay un kilo de comida para gato y hoy es un día especial para él, conoció a una amiga de 45 años que es enfermera y morena. Ella le pidió que escribiera un anuncio personal y que lo firmara con el nombre de Alicia.
Pasa el rato. Limpiamos la computadora viscosa infestada de pornografía. Es raro revisar lo que la gente guarda en las máquinas: afectos personales, ángeles binarios y a veces están esas mismas personas virtualmente. Puedes observar a cada individuo dependiendo de un montón de cables interconectados. Vouyerismo electrónico. La realidad laboral absorbe mis fantasías autómatas. La escuela no es así, la escuela es una lobotomía metódica y el trabajo son martillazos salvajes en el cráneo.
Tanga roja ya se va. Cruza la calle y es interceptada por el tipo ebrio que siempre, a las ocho, pasa por detrás de los camiones de la funeraria estacionados en la esquina. Se escuchan gritos de turba. Tanga roja es protegida por la turba que la entrega a las patrullas que se la llevan con el pantalón roto.
Se acerca el miércoles con el infierno en libertad. Presiones, ansiedades y temores que me recuerdan que no pertenezco al trabajo, ni a laboratorios mentales o aspiraciones que se beben e inhalan pensando que la decadencia es una forma de vida segura y divertida. Patrañas que hacen sentir algo mejor a quien sabe que su vida es el mejor de los fracasos. Lo que necesitaba era salir tarde de cualquier lado y caminar fumando un cigarrillo y en cualquier momento te vas a disolver, se a cómo sea, siendo el humano que cumple al pie de la letra mandatos del todo poderoso monstruo del hogar, o riéndote y fingiendo que no eres cómo los demás, que nunca vas a aceptar el contrato y vivirás de tu creatividad artística y experimentarás cosa más grande escuchando música clásica, ojeando películas de Buñuel, mientras sostienes en la mano derecha el libro más intelectual que nadie haya leído, puede ser Lorca o Buckowsky, en la casa adornada con pinturas de Goya y en el baño a Botero y escribiendo "Cabalgata noctámbula junto a la primer prostituta de la mañana." Nadie que piense así va a desprenderse. Compraron la violencia, nos vendieron altanería con promesas y suposiciones evolutivas en presentaciones de power point y en 3D. Cada vez que alguien crea salirse de todo seguramente terminará subsistiendo con medio dólar al año. No son flores, no es que esté bien, simplemente reparar computadoras no es lo que esperas cuando a tu edad hubo otros que se divorciaron del mundo, y aunque no lo cambiaron, qué divertido fue escupirle a la cara.

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