jueves, 17 de junio de 2010

Feria en la tormenta del vagabundo


Excéntricas variaciones de la calma se manifiestan en los tumultos de las calles, generados por personas que asisten a la feria para celebrar al santo patrono de la decadencia. En el bullicio los cuerpos resisten a pie, asombrados por la lluvia de luces pirotécnicas; truenos en el cielo que lloran chispas bajo el cielo relampagueante en el placer del orbe. Ahí, al mismo tiempo, al final de la espesa formación del desorden de una feria, junto al panteón de la iglesia, en el poste de la esquina con la luz fundida, se debate un vagabundo aferrándose al concreto que sostiene su única luz: el pilar que le mantiene en pie. Aquel hombre usa anteojos que oscurecen la brillante lejanía en el desequilibrio y los hechos simples de su vida contrayéndose con calles confusas. Ebrio, tambaleándose como un bebe que quiere aprender a caminar. Quizás si pudiera dar un paso más podría huir de la dimensión de caras distorsionadas y de la dislocación de almas carcomidas.
De vez en cuando pasa alguna persona, con su vida desgastada y malgastada, a observar al pobre hombre que se debate entre la muerte y algo más que no puede describir a ciencia cierta. A lo mejor para aquel vagabundo, al dar indicios de equilibrio, sea más benevolente el juicio que hacen de él. Ahí se ven ir y venir gente con sus hijos de la fiesta en la que consumieron algunos minutos de si mismo disfrutando los juegos mecánicos, la comida, los postres y las maravillosas luces del festejo sin calamidad. Pensando lo que no debe de hacerse con la vida, observan a aquella incierta figura de vagabundo, que con su sola presencia tambaleándose hace incisiones en el cuerpo de cualquier realidad.
Con su mayor esfuerzo intenta desprenderse e ir a caminar. Por un instante pareciera lograrlo y recuperar el paso para ir a casa a celebrar su propia victoria.
Pudo entregar su mejor esfuerzo para despojarse del poste que lo mantuvo de pie, posesionado ante el desorden. Era su última oportunidad y comenzó a fracasar, como siempre pasó en su histérica colección de historias que simbolizan la derrota.
Dio un traspié, rodeó con las manos la columna, y de bruces fue a dar al suelo. Al caer, su cara se golpeó y cortó con el mástil hecho de concreto para el eterno barco citadino. De las heridas salió brillante serpentina roja. El vagabundo herido miró el cielo con el alma al claudicar. Las luces artificiales cesaron, pero en el cielo los rayos comenzaron a iluminar espesas cortinas de nubes en las que se dibujó la figura incierta de su extraño devenir bajo la tempestad.
Se termina el tiempo, se desangra el cielo en ráfagas celestes. Un hombre anónimo y la marca roja en el pavimento escriben su historia bajo la lluvia para tratar de soñar. Todo esto es con lo que se nutren las cañerías de esa ciudad que festeja para olvidar.

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