
Estaba entrando el siglo mientras el viejo escuchaba las últimas noticias de su enfermedad. En la radio no paraban de decir que su estado decaería definitivamente y que no podían enterrar a alguien sin nombre. En el asilo todos se preguntaban quién era ese pobre ateo que se arrinconaba siempre en la misma silla al fondo paras escuchar su radio sin baterías ni corriente eléctrica, riéndose de lo que sucedía, de lo que según él era su única forma de contacto con el mundo desde hacía tiempo. Los batas blancas le revisaban el cerebro con medicamentos y entrevistas en las que le preguntaban “¿De dónde vienes?”, y él decía: que un día estaba jugando felizmente en un avión y de pronto ese señor se lo llevó a un edificio abandonado, y lo sentó en un trono en una habitación oscura donde varios muertos hacían reverencia. El anciano explicaba que el esperma de su padre había sido una bala en la cabeza y que su madre era un pensamiento que de repente tuvo.
Ese pensamiento es el que los batas blancas quieren descifrar y nunca dan con él por más que pasa el otoño y vuelve la resaca de la medicina en el infinito. Los segundos solamente pueden pasar junto a la vieja y descompuesta radio retorcida por donde pasa la música de su mente, el sonido no es armónico más que por el ruido aleatorio de la muerte en la radio que lo ensordece.
***
“¿Quién eres anciano?”
No recuerdo muy bien, quizás ni siquiera existo. Un buen día salí del sótano oscuro. Allí era yo rey de esos pobres muertos que me pedían que les contara historias y yo lo único que sabía era de aviones. Jamás había volado, pero me los imaginaba y les decía que había maquinas que yo inventaba mezclando lo poco que había visto en los libros y las veces que fui a verlos despegar desde el puente que estaba junto al aeropuerto. Un buen día hubo una invasión de ratas que se comieron a los pobres muertos y me quedé solo otra vez, así que decidí salir. Tenía mucho tiempo que no me parecía haber visto la luz del sol. No, sí la había visto pero ella y yo no nos habíamos presentado formalmente así que caminé sin darme cuenta de lo que quería decir la gente, ni lo que significaban todos sus gestos. Algunos querían que fuera a la escuela, otros que trabajara. Trabajar me recordaba un poco al sótano y la escuela a los muertos, no podía hacer las dos cosas así que hice uno poco de esto y aquello por un buen tiempo hasta el día en que conocí a Rara. A ella le gustaban mis cuentos, porque ya no solamente contaba cosas de aviones, ahora también hablaba de armas y balas, de prostitutas y calles, que era lo que a algunos cuentos les gustaba que les contara.
Antes de conocer a Rara no me daba cuenta de las señales y estaba muy tranquilo, luego comencé a beber por la calle en completa desesperación, rencoroso de de ver a las viejas gordas dándole limosna a los muertos como si con eso se fueran a ir al cielo y todo lo que hacían era meterle llamas al infierno. Comencé a tener dudas y cada vez que me sentía más frustrado más deseaba a Rara, y cuando tenía ganas de meterle plomo a la gente más ganas tenía de hacérselo a Rara y hacerla gritar. Recuerdo, mi padre fue una bala en la cabeza y mi madre un pensamiento. Nunca puede hacerlo y siempre regresaba con ella buscando que me consolara porque me recordaba al pensamiento que estaba yo buscando cuando dejé el sótano. Luego Rara se fue y la estuve persiguiendo. Luego pude comprar la mágnum, En los oídos tuve mucho rencor, por ahí por las calles buscando a Rara comencé a “insubordinarme” según decían, pero lo único que quería hacer era llamar la atención de Rara insultando policías, ir a repartir la comida que me robaba, pintar en coches lujosos y decir que lo que veía en los ojos de la gente estaba hecho un asco. Ese era lo que Rara quería.
Ella me había traicionado, le gustaba traicionar y vender. Cuando salí de la cárcel la fui a buscar y un día la seguí, tenía miedo de verla así que me subí al techo de la casa que estaba enfrente de la suya para poder espiarla. Estaba en la lluvia dormido con sueños poco utópicos de que toda gente era igual a mí y que podíamos vivir en paz, pero de pronto todo eran botas y tanques con perros persiguiéndonos a tiros. Despertaba y Rara no salía de su casa. Tenía ganas de dispararme así que abrí la boca y me metí el cañón en la boca, pero necesitaba verla, llegó con ese maldito de corbata y en la entrada de la puerta se bajó los
calzones y allí mismo el le pagó con tres billetes, esos sucios pedazos de neurona que toda la gente carga en su bolsillo y que todos necesitan y hasta yo necesitaba y Rara también. La vi y volvió a salir.
Me levanté y la luna estaba detrás llena y blanca y el viento tiraba de mi cabello y del pedazo viejo de chamarra negra en el que ocultaba la mágnum. Las tenía en la mirilla cuando Rara puso sus ojos entre la luna y ella, con esas cosas negras que fascinaban. Ahí estaba ella como de piedra con cada sueño seco, los mismos en los que yo también creía. Con la pura mirada me convirtió en su esclavo y no podía acercarme pero yo terminaba saltando de la azotea y arrastrándome un catorce de febrero que tenía ganas de morir pero que necesitaba que ella lo autorizara. Me decían que a la gente se le deben de regalar cosas dependiendo el día y lo único que tenía para ofrecerle era mi arma que puse en sus manos a disposición y yo pensaba en ese pensamiento que Rara me hacía recordar y que no podía encontrar en ese momento.
“Muy bien anciano, por hoy hemos terminado, tomate tus pastillas y puedes ir a recostarte”
***
De pie en los brazos abiertos, acariciando las esperanzas de toda una generación. Claudicar es posible cuando en la historia lo único que ha salido victorioso es la necesidad. Porque a la gente cada vez más les gusta verse en el espejo y saber que no tienen ningún deber con algún otro espejo. Es la colectivización de la soledad, como únicos e indivisibles engendros capaces de aprender lenguaje y hablar, no es el hecho que sea improbable descubrirse en el otro sino que dentro del otro encuentres una copia del monstruo que llevas dentro.
***
“Dijo que iba a venir”
“A lo mejor todavía está con lo de Rara”
“Yo digo que no viene y que no existe Rara”
“Déjalo, eso es cosas suya, además le dije que hoy iba a poner su película favorita y que mañana ya no va a existir este cine”
“Míralo, ahí viene”
Afuera hay disturbios y manifestaciones. En el interior del cine hay unas cuantas personas que quisieron ver la última función programada antes de que la pequeña sala sea reemplazada por un gran centro comercial. Los amigos se sientan en las tapias a beber y fumar. Él se sienta hasta el frente a sabiendas que a los demás no les interesa y solamente le pasan una lata de cerveza y un cigarro de marihuana. Una película de guerra que termina cuando el personaje se da cuenta que esta soñando y de pronto el mundo ya se había acabado. Él piensa en otras cosas, no es la película, ni las manifestaciones, ni en la policía que entra a desalojarlos, algo más violento le sucede a su cabeza mientras los llevan a la fuerza hacía la lluvia, aunque él ya tenía gotas en la cara antes de que lo tumbaran en el suelo.
***
“Muy bien señor, está contratado, pero debe cortarse el cabello”
“Puede comprar a crédito su casa”
“Tiene que contratar el servicio de luz y pagar cada mes”
“Para poder conducir uno debe aprender a manejar”
“Si no se lava los dientes le salen caries”
“En la calle no se puede orinar”
“Usted debe creer en algo”
“Necesita usar ropa interior”
“No puedes faltar”
“No llorar”
“No hables cuando mastiques”
“No te metas el dedo en la nariz”
“No puedes tocarlas”
Cuando lo comprendí todo era necesario, todo era pleitesía al “no” y “debes” desde que me levantaba hasta que me iba a dormir. Ya estaba en la calle y decían que tenía que madurar aunque no comprendía muy bien el concepto. Decían que eso te lo enseñaban en la escuela, a la que había dejado de ir porque dejé de comprender lo que intentaban comunicarme en ese sitio. La gente cuando habla tiene una escuela, un trabajo, una iglesia, una cárcel y un psiquiátrico en la cabeza. Ya había estado con mucha gente en muchos otros sitios, así que solamente me hacía falta asimilarlos y repetirlo todo. Con eso me fue un poco mejor. Todo era imitarlos para que no te señalaran cuando hacía otra cosa que les pareciera distinto. Los tiempos de las manifestaciones ya habían pasado y en ese entonces inició lo que le decían guerra y decidí que iría a la guerra hasta que alguien me lo ordenara para que no creyeran que estaba contrariándolos.
Tenía una casa a la que le cabía una cama, un trabajo haciendo camas, una línea telefónica que nunca utilizaba, una estufa que no sabía usar, tres camisas limpias que tampoco utilizaba porque solamente una me gustaba, jabón y pasta de dientes. Todo iba bien otra vez porque no necesitaba hacerme más preguntas como antes, ya no me desagradaban los de corbata y hasta usaba una porque ya no me dolía ese pensamiento que no podía recordar e iba por las mañanas y regresaba por las noches haciendo lo mismo que los demás y hasta los gestos me salían idénticos. Saluda, escucha, di cosas como “A lo mejor, que se mejore, todo va a salir bien, échale ganas, amén, por favor, gracias, hasta luego y buenas noches” . Los demás te dirán que eres un apersona muy agradable. El problema es que hubo una temporada en la que el teléfono comenzó a sonar a las tres de la mañana y cuando iba a contestar solamente escuchaba la agitada respiración del otro lado y después colgaban. No le hice caso pero comenzó a suceder diariamente y durante toda la madrugada. Desconectaba el teléfono y seguía llamando, me deshice del teléfono y seguía sonando cuando estaba dormido, lo cual no me permitía dormir lo suficiente para poder despertar temprano e ir atrabajar. La gente lo notaba en mis ojeras y con los nervios de punta ya no puedes hablar tan fácil con ellos porque lo notan, te siguen con la mirada sospechando que algo no está bien.
Por fin alguien habló del otro lado del teléfono. Era Rara desde su casa llorando y muy desesperada. Sus enfermedades estaban consumiendo su cabeza y ningún doctor podría salvarla porque lo que ella tenía no se curaba con medicinas o fingiendo que todo está bien. Intentaba rezar por el teléfono pero decía que algo le quemaba por dentro desde la garganta hasta la vagina, tocando todo sus recuerdos y que muy pronto iba a apagarse su luz y que más valía que fuera por ella para que me diera un regalo antes de que todo fuera definitivo.
Estaba en su casa esperando que no pasará nada grave y lo grave era que ya no pasaba nada en los ojos de Rara, absolutamente ningún pensamiento llenaba la mirada que me recordó a los muertos a los que yo les contaba historias. Dijo que manejara para ir a casa de alguien, que ella iría atrás durmiendo durante la oscura travesía que se alargó cuando por el retrovisor pude ver la mágnum que sacó del asiento. Lo puso en su boca diciéndome que ese era mi regalo. Después todo fue rojo y carne sobre la tapicería mientras sentía que me daba el último aliento sobre el cañón del arma tibia donde detonaba la chispa del último latido artificial en el gatillo. Seguí manejando toda la noche hasta que la gasolina se acabó. El sol estaba saliendo sobre la montaña donde la enterré con la luna acuestas esperando que yo tuviera la respuesta. Su imagen, su recuerdo, el hecho de que no podría huir de la ansiedad que había dejado dormir y que no iba a olvidar.
***
Vagando por el desierto el perdedor encuentra un sitio para jugar domino con apatía suficiente como para apostarse a sí mismo. “Era la ilusión deshecha” cuentan los lugareños que lo vieron entrar. Un demonio y un ángel siempre están allí para repartirse lo que quedara de los desesperanzados. Autista sub-humano comenzó perder. La primera carta bebiendo vino con la partida en contra solamente era la caricatura de sus contrincantes a los que solamente les vía la mano. El ángel tenía la mano huesuda con las uñas negras y el demonio tenía las mangas levantadas con las manos limpias. En la primera ficha había guerra, en la segunda carta estaba la imagen de otra posibilidad. Entonces alguien entró a jugársela. Una gitana que venía por provisiones al pueblo mirando al desconsolado perder a favor de dos oposiciones que ni siquiera debían preguntar por él. Los perros ladraban la leyenda y a la gitana le costó trabajo ganarle al vino y a la tormenta apática, pero al final se llevó al forastero para sacudirlo un poco y ver qué podría pasar.
***
Sí, ya verán que sí. Cambiar el estatus quo de cierta época es difícil a la hora en que entiendes que no estás ahí para cambiarlo sino para extirpártelo. Haces lo que tienes que hacer y ya, no lo haces por alcanzar un mundo mejor, ni por que lo libros hablen de ti como una curiosidad histórica. Eso fue lo que me dijo la gitana que tenía tatuajes en los muslos y todo el pensamiento enmarañado con el arte. Se resistía jugando con sus bestias y tenía los ánimos suficientes para rehabilitarme del cansancio después de haber intentado e intentado hasta el fracaso. Ella decía que la esencia no existía, que a los científicos les desagradaba equivocarse y que por eso mentían como lo hacían todos los demás a los que no les gustaba la miseria. Y hacíamos cosas, como el tatuaje de su muslo, pidiéndome que contara historias del más allá, de las almas, del cine, de las balas y los disparos, y a ella le gustaba saber que cambiaban las horas y que no necesitábamos reloj. Nuestra utopía no era el cielo sino la desesperación de vivir y con eso jugábamos como si fuera algodón de azúcar, lo dulce de la porquería en la que estaba todo inmerso. Eso era agradable hasta que otros también lo hicieron y hasta que de pronto se expandió la idea y quisieron que cambiaran más cosas desde la base hasta el centro. La idea y la imaginación combinaban y lo primero fue de manera tersa y después muchos otros comenzaron a responder con violencia. Crecía en la mirada de todos como si el espíritu en general necesitara reajustarse por la fuerza. Entonces otra vez empuñé el arma porque no estaba soñando ni quería un mundo mejor y lo que esperaba realmente era defenderme de éste en el que llevaba tanto tiempo sin dormir en paz, mirando como se reestablecía el orden absorbiéndonos desde el centro con palabras y fuego, porque nos iban a tomar en cuenta para el día siguiente, siempre y cuando hubiese un tributo de miedo que mantuviera pacífica la nueva línea de mando que nos diluiría, luego seríamos aceptados nuevamente. Estar dentro de ellos, y si nos resistíamos entrarían por la gitana y le quitarían el tatuaje del muslo sepultándola por accidente porque los muertos no ladran leyendas que los perros corren a propagar. Allí estaba yo dolorido y al día siguiente no había pasado nada porque la gente seguía a medias medio despierta teniendo hijos y casas defendiendo lo poco que les permite el olvido. Allí estaba yo medio viejo e impotente sin recordar ese maldito pensamiento que me hacía falta y recorrí y recorrí calles buscando secas lágrimas y saboreando lo que yo sabía era el final.
Así hasta que me trajeron con ustedes los de blanco. Ya no sé, nunca tuve un nombre ni me preocupé por tenerlo y mírame las manos, mira, están secas y viejas, la cabeza igual, los ojos, mira estos ojos con esta cara llena de canales igual de secos y si pudiera decir algo es que me quemen porque estoy enfermo y mi enfermedad avanza hoy más rápido y cuando me entierren que me quemen porque no quiero regresar y si regreso mejor que se alejen porque no sé que va a ser de ustedes.
***
“Algún diagnóstico”
“Esquizofrenia”
“Antes creíamos que se hacía el loco”
“Deja que se quede aquí, no tarda en estirar la pata”
“¿Lo vas a incluir en tu libro?”
“Es un caso interesante, su memoria de algunos hechos y como los combina con su enfermedad… a lo mejor sí”
“Míralo, siempre con su radio, hasta da pena”
“Ojala pudiéramos encontrar una cura o hacer que no nazcan así”
“¡Ja!, debe ser algo en el aire”
El viejo escucha su radio sentado en un avión y piloteando en picada sobre el hospital, a máxima velocidad apoyado espiritualmente por una legión de muertos que le dicen que todo fue inútil porque de todas formas es el fin.

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