
No sabía por qué estaba de locura efímera. Ellas estaban allí formadas, deformaciones del comercio y la última frontera de la propiedad privada y la renta, otras más eran bastante gordas, bizcas, enigmáticas y peligrosas. Era la primera vez, aunque supe que pasaría tarde o temprano. Tenía miedo tener que sufrir más de lo necesario, un asalto, una golpiza, o cualquier tropelía. Entonces pasé junto a las piernas con saco de terciopelo negro. Le pregunté “¿Cuánto?”. Las instituciones eran sencillas, primero tuve que dar la vuelta en la esquina, luego esperarla, inmediatamente me dijo que debía ir a la siguiente calle y dar nuevamente la vuelta en la esquina. La gente del barrio ni prefiere ver a otro lado ni se inmuta con el desencantó. Al oficio no le hacen falta fanáticos ni retractores por lo que sucede como en la gris penumbra de cualquier trabajo. Esa noche estaba llena de seres extraños que caminaban como almas en pena, vivos que se olvidan de la muerte. Llegamos al hotel. En la entrada una niña jugaba con los charcos y las piernas con el saco de terciopelo negro le dijo “Te vas a enfermar Lupita”. La niña siguió jugando ignorándola Entramos, dijo que tenía que pagar por la habitación; pidió cincuenta pesos, las llaves y un condón. Tuve que esperar en el vestíbulo del hotel. Una chica, que se parecía a mi compañera de sexto de primaria se asomó desde su cuarto mirándome como diciendo “¿tú qué haces aquí?”. Me sacudí la perversión primaria del pasado. Al sacudirme la sangre congelada me dieron la indicación de que era en una puerta que estaba a la entrada. Pasamos. Tuve que ir al baño. Al salir ella me dijo que me bajara los pantalones. Las piernas con sacio de terciopelo sabía lo que hacía, aún con mi lánguido entusiasmo fue capaz de ponerme el condón, luego se quitó un zapato y bajó una de las medias. Entonces noté que solamente estaba un saco de terciopelo negro y una pierna, luego se quitó el saco y quedó una pierna en la cama con un tacón alto. Escuché las indicaciones de voz áspera de la pierna. El resto del fantasma tomó algo de papel, frotó los pelos del colchón. “Mételo” fue lo siguiente que escuché. El colchón tomó un royo de papel higiénico entre sus sábanas y lo observó mientras sucedía aquello. Escuche algo más: “Si quieres una posición cuesta un poco más, y si quieres que esté completamente desnuda cuesta otro tanto.” Le dije que necesitaba la otra pierna y el saco de terciopelo negro, pero no tuve lo suficiente y sonrío exhibiendo mi ingenuidad. Estábamos allí, ella esperaba que terminara y yo también. La diminuta habitación tenía la frivolidad de todas las escuelas. Ella dijo que me moviera más rápido porque el tiempo se terminaba. Y eso es lo que me han dicho todas las maestras pero era muy enfático viniendo de una pierna. Le pregunté si podía tocarla y me dijo que de la cintura para bajo. No existía ni cintura pero un inmenso para abajo. Toqué su pierna suave. El cabello de la luz rompiendo el malestar. Dos noches maullando sobre mucho cabello que se desprende de la luz. Su boca y sus ojos estaban en el papel higiénico que sostenía entre sábanas. Pude haber dicho cualquier cosa, pero sabía que era inútil. Tenía ganas de un abrazo, de una mano en la cara y de cualquier tontería. De mi boca salió “eres bonita”, y la pierna se quedó inmutablemente quieta. Me rendí antes de eyacular y había ido a buscar algo en el lugar equivocado. Entonces tocaron en la puerta. Ella gritó “Ya voy” con tono de un carpintero que esta por terminar de barnizar una silla vieja.
Cuando terminé la pierna se desprendió con delicadeza. Un aire extraño tocó mi cabello muy fugazmente y me dijo que el papel estaba atrás de mí. Mientras me aseaba ella siguió diciéndome las instrucciones mientras se vestía, “puedes lavarte con este jabón”. Luego ya no era una pierna, era una cara, unos senos, una vagina, caderas, ojos, mentiras y pensamientos que eran míos y de alguna manera estaba frente a mí sentado y dispuesto a pagarme otro rato, pero sí hubiera dormido la noche anterior seguiría con vida y no entre fantasmas.
Salimos del hotel. A nuestro lado pasaron cinco mujeres jóvenes que iban de fiesta, éstas sí nos observaron con desdén, imaginé que esperaban que no hubiera sueltas más personas como yo. Ella se adelantó y entonces la alcancé y en voz baja le di las gracias. Me miró y entonces sonrió. La sonrisa me regreso al infierno del que había venido.
Me fui al bar donde había empezado todo. Comprendí que no necesitaba sexo, psiquiatras ni atención médica de ningún tipo, lo que en realidad necesitaba quedó perdido por ahí, esperando que lo contrataran, lo destrozaran y después le dieran las gracias, pero esa noche no tenía ganas de regalar ninguna sonrisa, de momento sentía que estaba extraviado a propósito, que me gustaba explorar mi mente en los rincones de la sonrisa recordada. ¿Valía la pena sacrificar algo de lo habitual para encontrar el camino de regreso?
Seguí caminando con el paraguas que Dante nunca inventó.

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