miércoles, 12 de mayo de 2010

El siniestro





Esperar el elevador es algo bastante elaborado y generalmente todos quieren subir sin tener que dar las buenas noches o, los buenos días, pero sí se descompone el mecanismo hay que subir y subir escaleras y entrepisos oscuros que parecieran ilógico según la estructura del edificio. Subir hasta el piso dieciséis es como caminar por una película de terror de bajo presupuesto. Esa fue la noche de la diarrea, o la torta de queso digerida viviente. “Doble A” llegaba de trabajar y de pasarse media tarde en la calle bajo la lluvia y afuera seguía sin parar de llover.
Cuando traes la suerte chueca es demasiado pedir un día normal y mucho menos subir a solas el elevador hasta el piso dieciséis. Cortesmente Doble A entra en el edificio con los cabellos en la cara. La marea del bolsillo izquierdo le regreso la llave atascada en el arrecife de pelusa y papeles inútiles que se habían terminado de disolver para la noche. El pasillo en silencio. Doble A oprime el botón que hace que el mecanismo ascensor se movilice. Parece más lento de lo normal. En la puerta de entrada al edificio se escuchan conversaciones. son los vecinos que introducen una llave. Doble A sabe que está perdido, que aunque atranque la puerta alguien entraría por la fuerza antes que el elevador abra sus puertas. Cortésmente dos personas entran y dan las buenas noches. Un hombre de mediana edad y una señora demasiado aseñorada, más acabada por su gesto de sufrimiento que por las manchas de sol o las radiaciones televisivas de la novelas de las ocho.
Los demás creen que Doble A es un drogadicto alcohólico que se despierta a las ocho de la mañana por gusto y que llega a las diez por placer, casi no se imaginan que va a la escuela y, casi, a trabajar, con medio cuerpo fundido con el reloj y la gastritis, y además los vecinos piensan doble A invita a sus amigos a beberse algo en casa para asesinar gallinas negras y practicar orgías épicas con otras figuras del medio de los escalofriantes "jovenes". Nada más lejos de la realidad de drogarce con el sueldo de un estudiuante y tener sexo asalariado con trabajadoras y media vida apoyada con la mano en la cabeza sobre un pupitre o el vidrio del microbus. Esos eran los privilegios de rentar en aquella gerontocomunidad de caras largas, familias nucleares y niños hiperactivos.
Al entrar la señora le agradece al hombre de mediana edad que la haya acompañado y en un tono inesperado le pide !qué no suba por el el elevador! Que era mejor subir las escaleras Y evitara el elevador, (ENFÁTICAMENTE) no usar bajo ningún concepto hasta el siguiente día. (Doble A había escuchado no usar ningún concepto, pero, como podría alguien dejar de usar conceptos).
Doble A no comprende por qué no recibe la misma advertencia y se imaginó siendo violado por aquella señora que, acumulando años de libido contraído los domingos, sometería al cuerpo desnutrido de aquel que nada más tenía fuerzas para abrir la puerta.
El ascensor se abre y el espectáculo era desconcertante. Pero la señora sube y Doble A también. Él porque no quería subir a pie dieciséis pisos y ella comenzó a lamentarse, a taparse la boca e intentar conservar la cordura entablando conversación con Doble A, que seguía pensando, intentando imaginar quien permitiría que eso sucediera.
El piso estaba mojado, encharcado más bien, y en medio de todo ese charco un pedazo de mierda a mitad del elevador. Aquella porquería era aguada y se desparramaba desde la punta del montículo hacía los bordes que el agua comenzó a disolver a las orillas. La señora preguntó a Doble A quién podría hacer esa porquería, y lo decía afirmando que aquello le pertenecía a un ser humano, pero después intentó insinuar que también podría haber sido la mascota de alguien. La señora se tapaba la boca y Doble A silenció, hallando la forma de imaginar escenarios posibles. Un bebe sin pañal y una madre con una botella de agua, un joven con un perro enfermo del estomago que vomitaba agua porque estaba en fase Terminal, un anciano en fase Terminal e incluso terrorismo adolescente. o mejor aún, un adolecente terminal cuyo perro quedó suelto luego de que su anciano amo sufirera unataque cardíaco después de descubrir que el adolecente era el hijo de su esposa a la que había regalado un pequeño perro en navidad.
Doble A es un ímbecil que se sabe concebir con imaginación através de los versos sin sentido en las canciones de otros.
Mientras Doble A pensaba en las posibilidades la señora le dijo con el rostro de miseria que ella usaba el elevador por que no le gustaba subir ella sola las escaleras demasiado oscuras. Le provocaban terror y al evocar la imagen de las escaleras ella cubrió su boca al mismo tiempo se pegaba a su esquina del elevador y ponía su otra mano como cubriéndose entre las piernas. Ella sollozo evocando algo.
Doble A más horrorizado por el gesto que por la porquería pensó que era verdad que aquella masa era repugnante y su gesto daba miedo. Era como si evocara una imagen mezclada entre oscuridad, mierda y algo más, un terror que solamente la señora conocía y que la mierda le había hecho recordar. Y seguía así hasta que llegaron la piso doce. Se abrieron las puertas y a manera de suplica miró a Doble A pidiéndole que no se fijara, que aguantará y que pronto dejaría de ver y oler aquella porquería, como si ella estuviera saliendo de algún tipo de celda compadeciéndose de los que se quedaban. Al cerrarse las puertas solamente quedaba la mierda y Doble A, lo cual no duró demasiado, no más de lo que Doble A comenzó a imaginar de aquella señora y ese destello extraño. El tiempo ya hace que nuestros recuerdos sean... menos digeribles.

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