jueves, 1 de marzo de 2012

con su permiso ¡ME VOY A LA CHINGADA!






En una interminable fila, de esas en las que se sabe vagamente por qué o para qué se está formado. Llega a la ventanilla principal portando su traje que ya no es nuevo y en sus pensamientos revela el mareo roto de sus acciones paralizadas. Lleva varios días intentando rascarse la planta del pie y cortarse la barba con las uñas de la mano y en sus ojos queda cierta mezcla de varias dudas y una inminente perdida de la razón pura o práctica, si quiera la inmediata.
Nada importante.

Ese día antes de llegar a donde está había dado un paseo desde las seis de la mañana para llegar temprano a tramitar su acta de defunción, caminando con el pensamiento derretido e incomprensible. Sabe que aún así es tarde, rompiendo con las mañas comunes más comunes de la incoherencia espacio temporal de la discordia que ha tenido con la suerte desde que nació. Dejó de observar el camino para mirar en lo alto del cielo donde estaban las brillantes nubes plateadas junto con la luna aún reluciendo a deshoras. Ese fue el gran evento en el día.

Sigue pensando en la luna mientras detiene los papeles en la mano y exhibe los ojos sin alma. La señorita que lo atiende piensa que otra vez ha llegado un loco para echar a perder su record impecable y llegar a la compensación mensual, la palmadita en el culo y un bono monetario, como un estornudo, de productividad.
La persona de la ventanilla comienza a gritarle para persuadirlo de que salga de la fila. Mil veces le han dicho que debe de llenar primero la solicitud azul, entregarla en la ventanilla cuatro, luego esperar su turno para liberar el pago en la cuarta casa de acuario y, sí se puede, llegar el lunes a hacer el trámite. Una a una de las personas atrás chiflan, esperando su mundo y se quejan al unísono levantando una sola voz. El hombre se lleva las manos al rostro cubriendo la fuga del dolor que moja sus palmas. La gente se desespera. Una mujer con ojos llenos de violencia y bien vestida decide terminar con aquello; sale de la fila para acercarse al hombre que ha quedado quieto. Lo observa. Es pequeño, débil, con la cara oculta por la cortina de las manos. La mujer lo empuja sin titubeos diciéndole que todos llevan prisa. Alguien más en la fila se apiada gritándole a la mujer que deje en paz y que espere a que los de seguridad lo asesinen en el estacionamiento. La mujer no escucha y comienza a golpear con su bolso en el brazo de aquel imperfecto, quien levanta otra mirada en la que se incendia otro tipo de infierno. Recoge sus hombros abalanzándose contra la mujer, que retrocede presa del pánico. ¿La abofeteará, la violará públicamente el muy muy socio cochinote?
Aquel hombre comienza a hablar levantando progresivamente el tono de las palabras que comienzan como un balbuceo y siguen hasta convertirse en gritos, ballenas, mares y desiertos y que por fin llegan a su extinción.

–¿Están listos? – toma de las manos a la histérica hinchada que lo mira con pavor - se siente tan bien de tener un espíritu con “iniciativa”. Mírenla. Bueno señores espero que se hayan despedido de sus familias con amor por que cuando regresen van a ser la comida que siempre va a estar servida. A mí me gustan los aviones y la comida rápida. Hoy vamos a morir, o quizás no, bueno a veces todos quisiéramos morir igual, de pronto, eventualmente en paz. Saben simios, nos falta realización personal. En momentos sienten los golpes, ven una masacre, una chica muy sabrosa junto a un cadáver exquisito en el periódico. Y luego miran los golpes y se sienten los golpes, aquí, aquí, en el estómago, y ahí están viviendo con armas en la cara. Ahí están esas personas con las pistolas en la boca suplicando y todo lo que podemos ver es una mujer arrodillada sobre el mundo dándole una gran mamada para que eyacule sin alma en la calle recibiendo un día más. Le ponemos gasolina al televisor, echamos a andar nuestras mentes en una calle llena de autos que no avanzan, que solamente tocan el claxon, gritan, escuchan la radio, escuchan los chistes, le llaman a otro auto y todos nos preguntamos al llegar al semáforo rojo ¿Le han puesto a usted una pistola en la boca? ¿Le han dicho laborioso que es llegar a ser un patético remunerado? ¿Ha experimentado la sensación de que la mesa lo presiona para que coma pero simplemente la puerta lo succiona y lo escupe a la calle con la ropa oliendo a orines mientras que la policía debe fingir limpiar las calles para que nadie tenga ese ominoso deseo de caminar desnudo? ¿Ha violado al control mientras mira su dinero como si fueran los riñones de su hija? ¿Ha perdido los sanos síntomas de un suicida mientras le sonreía al patrón? ¿Lo ha sentido? ¡Es obvio que no!


Todos están atónitos mirando al hombre sangrar por la nariz, el policía lo ve con cautela puesto que se ha metido la mano en la bolsa del pantalón y al parecer está armado. El hombre se ríe frotando un poco las cejas.

- ¡No me gusta la idea de que me miren. Dejen de mirarme. Dejen de mirarme, dejen de mirarme!

Aquel extraño deja en las manos de la mujer gorda una barra de chocolate que depositó con cuidado mientras desahogaba. De lo que dijo poco le había pasado. Nunca estuvo casado y mucho menos ha pasado hambre o frío, siempre consiguió un trabajo y cada domingo acompaña a su madre a la iglesia, posiblemente pasa mucho tiempo solo pero Mariana, que da clases de español en la misma escuela, lo invitará a tomarse un café algún día. Todo lo que lo descompuso esa mañana fue que el noticiario había comenzado más temprano de lo usual.


.

0 comentarios:

Open Panel