jueves, 20 de diciembre de 2012

Biodegradable (Hemisfério Derecho-parte uno)







Estaba enterrando al siglo mientras el viejo escuchaba las últimas noticias de su enfermedad. En la radio no paraban de decir que su estado decaería definitivamente y que no podían enterrar a alguien sin nombre. En el asilo todos se preguntaban quién era ese pobre ateo que se arrinconaba siempre en la misma silla al fondo paras escuchar su radio sin baterías, riéndose de lo que sucedía, de lo que según él era su única forma de contacto con el tiempo. Los batas blancas le revisaban el cerebro “¿De dónde vienes?”, y él decía: que un día estaba jugando felizmente en un avión y de pronto ese señor se lo llevó a un edificio abandonado, y lo sentó en un trono en una habitación oscura donde varios muertos hacían reverencia. El anciano explicaba que el esperma de su padre había sido una bala en la cabeza y que su madre era un pensamiento que de repente se detuvo.
El pensamiento, en eso se centran los batas blancas que quieren descifrar y nunca pueden pasar de un monosílabo por más que pasa el otoño pase y la vuelta de la resaca de la medicina en el infinito. Los segundos solamente pueden pasar junto a la vieja y descompuesta radio retorcida por donde pasa la música de su mente, el sonido no es armónico más que por el ruido aleatorio de la muerte que lo ensordece.

***
“¿Quién eres anciano?”
            No recuerdo muy bien, quizás ni siquiera existo. Un buen día salí del sótano oscuro. Allí era yo rey de esos pobres y muertos que me pedían que les contara historias y yo lo único que sabía era de aviones. Jamás había volado, pero me los imaginaba y les decía que había maquinas que yo inventaba mezclando los libros y las veces que fui a verlos despegar desde el puente que estaba junto al aeropuerto.

Un día hubo una invasión de ratas que se comieron a los pobres muertos y me quedé solo otra vez, así que decidí salir. Tenía mucho tiempo sin la luz del sol. No, sí la había visto pero ella y yo no nos habíamos presentado formalmente así que caminé sin darme cuenta de lo que querían decir los gestos. Algunas personas querían que fuera a la escuela, otros que trabajara. Trabajar me recordaba un poco al sótano y la escuela a los muertos, no podía hacer las dos cosas así que hice uno poco de esto y aquello por un buen tiempo hasta el día en que conocí a Rara. A ella le gustaban mis cuentos, porque ya no solamente contaba cosas de aviones, ahora también hablaba de armas y balas, de tacones y de anfetaminas, ya no me gustaban mis cuentos pero la gente los adoraba.
            Antes de conocer a Rara no me daba cuenta de las señales, luego comencé a beber la calle en completa desesperación, y luego me fijaba rencoroso en las viejas gordas dándole limosna a los muertos como si con eso se fueran a ir al cielo y todo lo que hacían era meterle anos al infierno por donde vendrían más muertos. Comencé a tener dudas, y en medio de la frustración deseaba más a Rara, y cuando tenía ganas de meterle plomo a la gente más ganas tenía de hacérselo a Rara y hacerla gritar. Recuerdo, mi padre fue una bala en la cabeza y mi madre un pensamiento. Nunca puede hacerlo y siempre regresaba con ella buscando que me recordara el pensamiento que dejé en el sótano. Luego Rara se fue y la estuve persiguiendo. Luego pude comprar la mágnum, En los oídos tuve mucho rencor, por ahí por las calles buscando a Rara  comencé a “insubordinarme” según decían, pero lo único que quería era a Rara y luego los policías me decían lo que tenía que hacer, y luego sus jefes y luego sus hijos, y tenía que ir a repartir la comida que me robaba, pintar en coches lujosos y decir que lo que veía en los ojos de la gente, eso, ese asco que me daba mirarlos atragantarse de lo que yo no quería y se comían a Rara, todo el día, se la cogían, la masticaban la contrataban, la reprimían
            Ella me había traicionado, le gustaba traicionar y vender. Cuando salí de la cárcel la fui a buscar y un día la seguí, tenía miedo de verla así que me subí al techo de la casa que estaba enfrente de la suya para poder espiarla. Estaba en la lluvia dormido con sueños poco utópicos de que toda gente se hundía y que podíamos vivir en paz, pero de pronto todo eran botas y tanques con perros persiguiéndonos a tiros. Despertaba y Rara no salía de su casa. Tenía ganas de dispararme así que abrí la boca y me metí el cañón en la boca, pero necesitaba verla, llegó con ese maldito de corbata y en la entrada de la puerta se bajó los calzones y allí mismo él le pagó con tres billetes, esas sucias neuronas que toda la gente carga en su bolsillo.
 Me levanté y la luna estaba detrás llena y blanca y el viento tiraba de mi cabello y del pedazo viejo de chamarra negra en el que ocultaba la mágnum. Rara puso sus ojos con esas cosas negras que fastidiaban. Ahí estaba ella como de piedra con cada sueño seco, los mismos en los que yo también creía. Con la puta mirada me convirtió en su salto personal desde la azotea y me arrastré un catorce de febrero que tenía ganas de morir pero que necesitaba que ella lo autorizara. Me decían que a la gente se le deben de regalar cosas dependiendo del día y lo único que tenía para ofrecerle era mi arma que puse en sus manos a disposición y yo pensaba en ese pensamiento que Rara me hacía recordar y que no podía encontrar en ese momento.

            “Muy bien anciano, por hoy hemos terminado, tomate tus pastillas y te puedes ir a recostar”


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