miércoles, 2 de febrero de 2011

Veinticuatro horas de vida




Era la única noche perfecta. Nada especial. Estaba en un iglesia vieja escuchando comentar el libro de un autor muerto. Presentar un libro a veces puede ser aburrido. Letras impulsando palabras de alguien que ya no está allí. Dionisio esperó bebiendo hasta que se terminó todo. A su alrededor la gente pensaba que la decadencia simplemente era su mejor disfraz. Probablemente tenían razón, había que autodestruirse, aunque existieran por las mañanas, esperando desalojar en sueños lo que no lograban durante el día.

Dionisio salió del lugar rumbo a una tienda clandestina en una vecindad donde se podía conseguir cervezas y alguna que otra cosa más. Cuando entró al lugar todo el alcohol que había bebido subió a su cabeza. Intentó recargarse en una pared imaginaria que no pudo sostenerlo. Simplemente cayó y todos se burlaron del desconocido.

Ya en el suelo comenzó a pensar “Qué diablos está pasando”. Se levantó. Compró su cerveza y fue hasta las escaleras donde los universitarios discutían algo como “este autor es muy bueno. Yo quisiera ser como él”. Dionisio lo toleró diez segundos. Se paró frente a ellos, poniéndose en peligro, vomitando su discurso sobre la “autenticidad” ante los universitarios, quienes comenzaron a gritarle cosas. Solamente fue algo de violencia verbal. La bebida destrozó cada idea y palabra. Los universitarios decidieron cambiar de estrategia.

Empujaron a Dionisio por las escaleras.

Dando tres rebotes cayendo de espaldas, no hubo sitio seguro donde romperse. Le lanzaron sus palabras a la cara. Dionisio supo a donde lo querían mandar: al suelo, preferentemente, debajo de él.

Caminó por la calle con la cabeza llena de chichones, como los de una pelota vieja. Al llegar a la esquina sintió que alguien lo estaba siguiendo. Nada especial, otra chica rara, ojos de curiosidad y miedo de acercarse. Sabía lo que ella estaba pensando: “Otro alcohólico que cree que embriagándose y actuando como un loco solitario va a conseguir algo”.

Tal vez ella también tenía razón.

Apenas hubo plática. Entraron en un departamento que parecía una caja de zapatos pintada con colores pastel. Ella vivía allí, extraña, de complexión fuerte y tres gatos amansados por una lúgubre fuerza.

Ella se quitó los pantalones mientras Dionisio se preparaba para acariciarla. Desnuda parecía aún más potente. Le dijo a Dionisio “No hay tiempo, comienza a moverte a la de ¡ya!”. Se movía. Al principio comenzó a frotarlo con rapidez contra ese vello espeso, tallando contra una lija o un rayador de queso hubiera conseguido más placer. La impotencia suplió a la tristeza etílica. Ella también desesperó, diciéndole a Dionisio que se esforzara más si es que quería que esas piernas se abrieran. Nada especial. La decadente erección de su aparato emocional supo que en frente había alguien que lo estaba destrozando.

Decidió recobrar el control comenzando por vestirse. La chica rara hizo lo mismo, sentándose en la oscuridad, diciéndole a Dionisio que él no era un hombre y mirándolo con el profundo odio que sentía. Siguieron callados hasta el amanecer.

Olía a sudor, café y orines de gato. Cuando Dionisio se fue, la puerta se azotó detrás de él. Estaba a punto de convertirse en un loco peligroso. Lo necesitaba para justificarse. Él no era un famoso deportista, o un revolucionario romántico, o un estudiante destacado, mucho menos un emprendedor ejecutivo. Sobrevivía imaginando que no estaba allí, sabiendo que el único lugar en el que se sentía bien estaba en su cabeza.

Tomó el transporte acostumbrado rumbo a casa, extrañando a otra persona que ya no estaban allí. Pero ¿por qué?, ¿por qué no estaba trabajando en una fábrica, asesinando narcotraficantes, rezando en la iglesia, mutilando policías y soldados, casándose en el registro civil o viendo en el parque a los hijos crecer o vendiéndoles placer a los hijos e hijas de alguien más? ¿Por qué razón tenía que regresar a su casa?

Otra vez la cama, los rostros cambiantes en las paredes, y el mismo estado banal que los hacía tan comunes.

No había nada rumbo a la lágrima.

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