

Estaba acostado en la cama mientras ella se desnudaba poco a poco. Él era virgen y ella estaba explotando. La fiesta seguía en el piso de abajo y ellos estaban encerrados en el cuarto de arriba. Ella se desenvolvía con fluidez ya que estaba segura de que su novio no iría a la fiesta. Las piernas se movían al ritmo en que la legua repasaba bífida y era el estado biológico de la piel con el sudor entre erecciones y fluidos. Entonces comenzó a ir todo mal. Alguien entró al cuarto. La penumbra no podía identificar la silueta. Dionisio pensó que algo ocurriría. Sintió que algo lo jaló del brazo. El golpe fue directo a su estómago. Se quedó tirado esperando que entrara aire. Ella estaba en la cama semidesnuda, entonces pudo reconocer la voz de su novio. Todos en la fiesta subieron a ver. Allí estaba Dionisio en el suelo y sin camisa ni zapatos. El intruso gritaba enfurecido cosas. Con odio de asco sacó una pistola, tan negra como cuando se cierran los ojos. Apuntó a la cabeza de Dionisio que no podía hacer nada, estaba allí esperando. Los demás le gritaban desesperadamente que no lo hiciera. Dionisio suplicó por su vida. El miedo es una forma de darse un último aire. Tenía ganas de correr, de vivir. Se escuchó un sonido muy leve, un clik. Todos se quedaron callados esperando ver la reacción de Dionisio. Hasta la muerte tenía ganas de burlarse. Todos comenzaron a burlarse, a decir bromas de lo que estaba sucediendo. El que sostenía la pistola también reía. No había balas en el cargador. Todo había sido una broma.
Dionisio se levantó. Se puso camisa y zapatos con una sonrisa en la boca. Luego fue a la cocina, abrió la botella de cerveza y se la bebió de golpe. El bromista fue a calmarlo y a decirle que no era para tanto. Se miraron. Dionisio esperó a que se diera la vuelta. Las risas. La botella de cerveza se estrelló contra la infame desdicha. Cristales rotos alrededor del espacio inerte. Él no estaba bromeando en silencio. Dionisio tomó sus cosas y se fue. La noche estaba allí esperando que las personas enloquecieran un poco, pero las burlas son aburridas; y sin nada que hacer el diablo prefiere caminar a solas porque no le gusta que todos quieran bailar, todas las noches, a ese ritmo que los imbéciles sabemos combinar con la pretensión de ir a algún lugar cuando nos vemos la cara entre nosotros. Estafa no satánica del auto engaño como religión.

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