
Decadencia
A las tres de la tarde del jueves veintinueve de febrero desperté en medio de un extraño zumbido que salía de la habitación contigua. Al abrir mis ojos encontré esa difusa luz que podía ver desde el suelo pegajoso al que mi cuerpo estaba adherido. El aire estaba viciado por el olor a cigarrillos, efluvios dementes y una serie de fluidos corporales. Me encontré solitario en esa casa llena de fantasmas. Los portarretratos aún humeaban junto con los floreros. Supe donde estaba. En las esquinas había juguetes destrozados y en las paredes rebotaba el eco de las risas de niño que salían de la nada. Alguien encendía un proyector con imágenes difusas y extrañas de sonrisas familiares que me decían cómo sentir y qué hacer. En la penumbra observé flores pisoteadas por el sueño de los militares que marchaban fuera de casa. Los libros abiertos y deshojados dejaron volar palabras rotas alrededor de la habitación iluminada de un color púrpura. Aún no sabía si era el final de la noche o el principio del día. En el fondo de la habitación los vestidos de mi madre colgados volaban como si aún tuvieran vida. Luego intenté caminar. No pude dar más de cuatro pasos, tropezando con los cadáveres de la gente que había perdido; mirándome, repasando. Dándome la vuelta descubrí colgadas, en percheros, las pieles inexpresivas y vacías, de las mujeres que, durante un día, y toda su eternidad, o unos años, y toda su agonía, me habían compartido parte de sus vidas. Tuve ganas de llorar por lo que nunca terminé de sentir. Las visiones se acumulaban. Corrí lo más rápido posible para huir por otra puerta. Allí encontré a un hombre inmenso que parecía estar desde siempre obstruyendo el paso. Su rostro era tan conocido como una despedida. Quieto, inmóvil, y sin decir nada gritaba y golpeaba con todas su violencia. Se comenzaron a agotar las salidas. Pero la única alternativa que quedaba era la puerta de donde brotaba el zumbido y la luz. Decidí que era mejor cualquier cosa corriendo rumbo a lo desconocido, rumbo al viejo cuarto donde me encerraba para tranquilizar los días de infancia. Entré. Aullidos furiosos y voces decían blasfemias, protestas, gritos y quejidos de las noches en que todo parecía ser insuficiente. A la habitación se aproximó algo que se esparcía por todos lados; alaridos de cuando alguien busca un poco de paz en un abrazo y jamás encuentra nada, más que la ausencia de un enorme encierro que no permite levantar la vista y decir que todavía vale la pena cualquier cosa. Eran guerras, ansiedad, botellas, balas, cigarrillos, drogas, depresiones, alucinaciones. Salté por la ventana de una noche falsa para contener la violencia de un monstruo loco por el dolor que se aproximaba; un espejo hecho pedazos que venía por mí.
Al final, la luz y el zumbido son parte de la misma ventana que conecta mis ojos con el último sol.

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